domingo, 17 de julio de 2011

Con los pies sobre la tierra

Los detalles no son todo, pero marcan la diferencia. Soy de la clase de personas que piensan que un morfadero no se puede considerar high class si, por ejemplo, permite que las toallas se desparramen en el piso del toilette. O que una dentadura amarillenta y mal alineada puede convertir, ipso facto, a una bella y sensual señorita en un bofe mal cocido incapaz de generar el más mínimo impulso libidinoso. Del mismo modo, la diferencia entre un gentleman y un aspirante a linyera puede radicar simplemente en sus zapatos.

Noseporqué, pero mucha gente no le da al calzado la importancia que se merece. O si le da importancia, es simplemente para asegurarse que sea cómodo y no le apriete los juanetes. Pero, ¿qué clase de razonamiento es ese? Si en la vida todo pasase por el confort, sería lícito que las mujeres anduviesen de batón floreado y los hombres de chancletas. Evidentemente hay otros factores que pesan al momento de empilcharse, y de entre ellos la elegancia no es de los menos relevantes.

Señora: no le permita esto a su marido
Hay tipos que arruinan un outfit decente por todo lo demás, combinándolo con esos zapatotes horrorosos que venden en los supermercados. Por las calles del microcentro se ve mucho ese fenómeno: oficinistas con trajes baratos pero dignos, que demuestran la infelicidad de sus existencias -dado que hubieran preferido triunfar como goleadores en el football de las Islas Feroe o tocando el bombo en un conjunto folclórico antes que como jefes de contabilidad en una fábrica de rulemanes- a través de unas canoas espantosas de punta cuadrada con suela de goma y cámara de aire. Otro clásico son los alegres vejetes de camisa y jeans que quieren darse un touch de juventud recurriendo a zapatillas colorinches con resortes, de esas que usan los delincuentes juveniles.

De lo dicho, podrá Ud., estimado lector, extraer las dos primeras lecciones en materia de calzado: 1) Que un traje va preferentemente con zapatos de suela natural y punta estrecha -no hasta el punto de estrujar los dedos, por supuesto- o, a lo sumo, con suela de goma delgada, de no más de medio centímetro -hágame caso, vaya siempre a la zapatería con un regla, una cinta métrica u otro instrumento de medición-. 2) Que un blue jean, unos náuticos o un pantalón de gabardina no pueden ser jamás utilizados con calzado deportivo -en realidad, el calzado deportivo no debería ser utilizado nunca por un homo sapiens, excepto para la función específica para la que fue creado, esto es, hacer deporte-.

Incorporados estos dos primeros conceptos elementales, podemos pasar a algunas recomendaciones más específicas.

Así, para una ocasión formal peronotanto -digamos un almuerzo de negocios, pero no una gala en el Teatro Colón- podría recurrirse a un traje azul de pura lana con zapatos en dos tonos de marrón o, si el presupuesto lo permite, unos en cuero de pata de avestruz muy mononos que he visto en Mc Shoes:

Compre estos: las mujeres caerán rendidas a sus pies

Recomendado del Dr. Merengue: tengo unos igualitos a estos, de Oggi
La onda cashual es quizá un poco más complicada, porque muchos hombres descarriados tienen tendencia a caer bajo el canto de sirena de adefesios creados por Nike, zapatillas para gente que anda en patineta, o cosas por el estilo. En mi humilde opinión, el margen de error se puede reducir yendo a lo seguro: mocasines o zapatos náuticos. Este tipo de calzado no tiene por qué ser aburrido, y así hay opciones en piel de reptil o colores como el azul o el celeste -del verde loro, por favor abstenerse-, a saber:

Dos variantes de mocasines Guido que lo convertirán en un tipo canchero
Náuticos de Hush Puppies, no se si en la imagen se aprecia su bello color azul
Bueno estimado amigo, creo que con lo dicho hasta aquí le he dado algunas herramientas fundamentales para no pasar papelones por andar con las pantuflas Sufflé del nono o espantar a una señorita por caer con Adilettes en la primera cita. Si le queda alguna duda, puede buscar mi número en la guía telefónica o esperar hasta la próxima entrega. ¡Arrivederci!

lunes, 4 de julio de 2011

Fútbol, pasión de multitudes

Días atrás una reconocida firma de ropa deportiva -cuyo nombre no será mencionado debido a que no pudimos acordar el correspondiente cachet- me invitó a la presentación de unos productos con la excusa del inminente inicio de un torneo continental de football. En medio de los flashes, las bellas mujeres y el bochinche que suele acaparar ese tipo de eventos, uno de los contertulios se acercó para pedir mi opinión sobre el estado actual del popular deporte. Si bien en un primer momento pretendí evadir la pregunta dado que, desde la desaparición del glorioso Atlético Cipolletti de los primeros planos del fútbol nacional, no hay nada verdaderamente interesante para comentar en el panorama futbolístico local, la insistencia de los parroquianos finalmente me persuadió de solicitar al discjockey que baje la música para disertar unos minutos.
El "Bambi" Veira, "Llamarada" Eresuma, Miguel Angel Díaz y Carlos Martinoli, glorias del Cipolletti que goleó a Boca en el Nacional '77

Aclarado que no hablaría del paupérrimo presente de la selección argentina, ni del descenso de River Plate a la segunda división, me dediqué a exponer sobre la evidente decadencia del balompié como espectáculo en general y, en particular, la degradación estética que ha sufrido a lo largo de las décadas. Comencé recordando los tiempos en que el football era una pasión genuinamente popular que convocaba a multitudes que se deleitaban sanamente con la destreza de los players y el juego vistoso de los equipos que recurrían a la táctica 2-3-5 -dos backs, dos half por las bandas, un centrojás, dos wings, dos insiders y un centro forward-. En esa época el público asistía a los estadios de traje, corbata y sombrero, los conjuntos deportivos no estaban afeados por la publicidad y los jugadores se peinaban con gomina Brancato -nada de claritos, crestas ni otros engendros capilares de masculinidad dudosa-.

La "Máquina" de River: la era de oro del football
Con el transcurrir de los años, la decadencia generalizada de la sociedad también alcanzó al fútbol. El poder y dinero lo corrompieron. Los clubs fueron usurpados por bandas de mafiosos ávidas de lucrar con la pasión de los hinchas, aunque ello implicara desangrar las instituciones con sus turbios negocios. Las gradas se poblaron de energúmenos, de profesionales de la violencia al servicio del delito más vulgar y la política de baja estofa, que espantaron a las gentes de bien que sólo pretendían unos momentos de dispersión en familia. La estética futbolera se marginalizó al ritmo de la "cultura del aguante" promovida desde la prensa demagógica, la desesperación de los equipos por generar ingresos a través de la publicidad más grotesca -que compensara la depredación consumada por los dirigentes- y la debacle en la educación y los valores de todos quienes rodean al otrora bello deporte. De más está decir que los partidos perdieron paulatinamente su atractivo, y de ballets coronados por cataratas de goles devinieron en virtuales guerras, bodrios acaparados por el ceroacero y el pelotazo a la tribuna.

Nike tiene la culpa de haber convertido al sobrio botín negro en calzado apto para conjuntos de cumbiavillera
Talleres de Córdoba luciendo avisos clasificados en su camiseta
Afortunadamente, todavía queda alguna cosita de vez en vez que justifica encender la tevé o pagar una entrada. El pintoresco team uruguayo del último mundial, que a base de descaro y garra charrúa se ganó el cariño del mundo entero puede ser un buen ejemplo. A nivel individual, aún quedan personajes queribles como el Titán Palermo o el Loquito Abreu. En cuanto al aspecto estético, es bien poco lo que ha quedado, pero por ahí circula gente elegante como Pep Guardiola o Sir Alex Ferguson, y muy esporádicamente alguna firma de indumentaria sorprende con un diseño sobrio como el de las camisas con que Puma vistió a algunos equipos a principios de la década pasada.
Casaca suplente de Rosario Central, temporada 2002/2003: fútbol con botones
Pep Guardiola: un dandy en el banco de suplentes
Dicho lo cual, agradecí los aplausos, terminé mi Martini draidrai y partí raudo hacia otros menesteres, no sin antes pronosticar una interesante actuación de Crucero del Norte en el próximo Torneo Argentino A y recordar que por ninguna razón del mundo un hombre puede utilizar pantalones largos sin calcetines.

viernes, 24 de junio de 2011

Ensalada setentera: Boney M + moda disco

Encontrábame hace un tiempo dispuesto a manducar un choripán a eso de las tres de la mañana en un puesto de la Costanera Norte cuando de pronto me vi inmerso en una situación singular. Una suerte de realidad paralela donde todo resultaba factible, y en un quiebre espaciotemporal un enajenado parrillero visiblemente afectado por el consumo de sustancias alucinógenas trasmutó en discjockey poseído por la fiebre disco convirtiendo el lugar en una pista de baile que vibró al ritmo de Boney M.

Muchos de ustedes quizás preguntarán: ¿qué catzo es Boney M?

Pues bien, para los que no lo saben, se trata de uno de los más improbables engendros que viera nacer la industria musical, antes de que la democratización de las maquinitas pusiera el punchi-punchi al alcance de cualquier neófito.

La historia es más o menos así: a mediados de los años '70 -en pleno furor de las bolas de espejo, los pantalones oxford y los peinados afro- a un pícaro productor discográfico teutón de nombre Frank Farian se le ocurrió armar un grupo de disco music en el laboratorio, reventar las boites de toda Europa y levantarla en pala en la volteada. Para darle apariencia de veracidad a la cuestión, contrató a tres morenas caribeñas con pinta de azafatas de alguna aerolínea africana de la época, y a un inmigrante arubeño conocido como Bobby Farrell, con poco talento para el canto pero con mucho carisma y una llamativa habilidad para el baile. El éxito sonrió a la pintoresca troupe, y durante unos buenos años cosecharon los dividendos de su irresistible combinación de ritmos pegadizos, vestuarios imposibles y bizarro sex appeal.

Para que la dama y el caballero que visitan esta humilde morada capten de que estoy parlando, van tres ejemplos, a saber:

 
Rasputín: Esto es lo que estaba pasando el deejay choripanero esa fría madrugada que cambió mi vida. Le gustó hasta al proletario soviético, que para bailarla debía llenar un formulario y solicitar permiso al Politburó.

Gotta go home: El diccionario de la Real Academia remite a este video cuando uno busca la definición de kitsch. Pero la mezcolanza bávaro-afro-caribeña es tan pegadiza que mis informantes dicen que todavía hace roncha entre la juventud en su versión remixada.

 
Sunny:  Esta canción me parece genial posta posta. Sonido seventie con aire, dirección, tapizado de cuero y todos los accesorios. Me encantan los violines al punto de darme ganas de comprar una coupé Torino e ir a cenar a Los Platitos.

*****

Dejando de lado la cuestión musical, y dado que la muchachada se desgañita pidiéndome que hable de pilcha porque no sabe qué ponerse el fin de semana, aprovecho la ocasión para revolver el arcón de los recuerdos y sacar de él a la moda disco y tirarles un par de fijas inspirándome en ella.

Sabrán Uds. que los años '70 fueron de lo más delirante que recuerde la humanidad en materia de moda, al menos después del período barroco y la fashion prehistórica de salir a cazar mamuts con un hueso en la cabeza. Fue un período propicio para la exageración: hombreras colosales, zapatos con plataformas, lentejuelas, estampados inverosímiles, volados y una inacabable lista de etcéteras. El hombre portaba mostacho imponente, patillas, gafas oscuras, pantalones ajustados a la cintura, traje tres piezas con solapas enormes y camisas con cuellos desmesurados y hasta jabot en los casos más graves.

Chic, otro conjunto musical emblemático de la era disco, haciendo gala de la elegancia de la época.
Ahora bien, si hay algo rescatable del período para que el caballero se tire encima sin correr riesgo de que le ofrezcan conchabo de payaso en el Circo Rodas, es el traje de tres piezas -pantalón, saco y chaleco- aunque siempre con solapa acorde al siglo XXI y omitiendo las patas de elefante. Si al conjunto se le agrega pañuelito en el bolsillo, su feliz portador habrá de contratar secretaría para atender los llamados de las señoritas del vecindario. Así queda contemporáneo y monono, para el Ricardo Montalbán de los tiempos que corren:


Por el lado de las féminas, no hay una única tendencia que pueda caracterizar a la onda disco. Como siempre, el bello sexo se empilcha con cualquier cosa -o mejor aún, con nada- y nos deja patitiesos. Si tuviera que elegir algo representativo, me quedo con las hombreras, los brillos y los enterizos. Precisamente ésto último es lo que hoy voy a recomendar a las señoritas que me leen para que seduzcan a sus galanes. El "mono" me parece una prenda de lo más sensual y femenina. Resalta la forma curvilínea del cuerpo mujeril, es sencillo y sofisticado. Haganme caso: pruébenlo y gustarán. O al menos me gustarán a mi, que no es poca cosa.

Los setentas: el Reino de los Monos (¡que no es lo mismo que El Planeta de los Simios!)
Un moderno y monono mono que vi por ahí.


lunes, 13 de junio de 2011

"Padre, he pecado"

Se perfectamente que hay ciertas cosas que un guapo de endeveras no debería hacer jamás: usar chupines de colores, comer rúcula, comprarse un Ford Ka, pasear por Palermo Whatever... Y hete aquí que, sabiéndome al dedillo los mandamientos que rigen la vida del porteño de ley, pequé igualmente y no pude evitar caer en el paseo palermitano días atrás. Para colmo, sentí horror y dudé de mi mismo al encontrarme encantado con las prendas exhibidas en cierto local, pero así fue: entré a Penguin y me gustó.

Lo de Don Juan Carlos Penguin en Palermo Calamuchita
Penguin es una marca que siempre tuve identificada con los años '70 y '80 (aunque su historia se remonta a 1955 y comienza con un vendedor perdido en Manhattan que se compró un pingüino disecado), y su retorno a las pistas me daba mala espina, porque se me hacía cosa de metrosexualizados que buscan hacerse los originales dándose un aire retro. Si bien no estaba equivocado, puesto que efectivamente Penguin mantiene una estética que nos retrotrae a los buenos viejos tiempos, en los que la idea de estar en la pomada podía ser representada por Frank Sinatra tomando un Martini después de una tarde jugando al golf -y no por un esperpento tatuado por todos lados andando en patineta, que es lo que a las jóvenes generaciones les parece muy petitero-, es justo decir que la recreación está hecha con espíritu de homenaje y no de farsa. Chusmear entre las perchas es dar una mirada irónica pero condescendiente al pasado, y no reírsele en la cara. Como mirar las fotos del nono cuando era joven y robaba suspiros en los carnavales, y sentirse un poco identificado con él.

¡Con este saco sea el alma de las fiestas!
Y de ese arcón de los recuerdos salen algunas gemas: chombas de algodón con el cuello ribeteado a contratono -muy solicitadas en los cocktails vespertinos de fines de los '50 y principios de los '60-, cardigans trenzados, sweaters a rombos y una línea de sacos que me sorprendió por la calidad de sus terminaciones. Precisamente entre esos sacos encontré la que, a mi gusto, es la perla de la colección: un saco gris de algodón, con la solapa en terciopelo negro e impecable forro en contratono, que haría roncha entre el Rat Pack. También hay una línea de ropa deportiva muy colorida, a la que sinceramente no le di mucha pelota, porque eso de andar de joggineta por la vida simplemente non mi piace.

Así que, querido lector, si a Ud. lo habita el ánimo lúdico y quiere darle un toque jovato chic a su outfit, puede darse tranquilo una vuelta por Penguin sin temor a que los muchachos de la barra se le rían en la cara ni lo rajen del boliche por impresentable.

Combinación caquera: chombra retro + hierro 7 Ben Hogan

Algunos recursos para cuando está fresco pa' chomba


viernes, 3 de junio de 2011

Descolorido paseo por Av. Santa Fe

Repeat with me:

Un día de paseo en Santa Fe,
no le hace mal a nadie ya lo se.
Mirando las vidrieras me encontré,
con una oferta aburrida y demodé.
Era toda gris y anticuada esa pilcha,
camisas apagadas y cliché.



La horrible canción pegadiza de los '70 tenía una letra levemente distinta a la transcripta supra, pero creo que esta versión describe bastante mejor mi experiencia de días atrás paseando por la coquetísima Avenida Santa Fe. Resulta que, ocupado en otros menesteres, andaba por la zona y tenía que "hacer tiempo", por lo que dediqué algunos minutos a recorrer vidrieras, en la búsqueda de esas novedades que deleitan a la afición que tan fielmente me sigue en este espacio -es decir, mi tía Lucrecia y mi perro Bobby-. Menudo chasco me llevé. Lo que suele ser un deleite para cualquier amante del buen vestir, esas cuadras que reúnen a marcas que siempre deparan sorpresas agradables como Giesso, Mc Taylor, Halsey, Rochas y Daniel Hechter, entre otras, esta vez estaba más aburrido que bancarse tres horas de cadena nacional chupando un helado de limón.

No se bien lo que ha pasado, pero la oferta de prendas invernales para hombre que lucía en las vidrieras era poco menos que depresiva. Abundancia de tonos apagados y combinaciones sosas: sacos grises con corbatas grises, con pantalones grises, con chalinas grises, con sobretodos grises y siguen las firmas. Sastrería que parecía salida de lo peor de la década de 1980: blazers amorfos, solapas sin pespunte, telas que no aparentan la mejor calidad. Hasta Halsey, que es una casa para veteranos, pero de buena calidad, ponía unos trajes que parecían salidos del Ejército de Salvación al lado de unos zapatotes espantosos de punta cuadrada y suela de goma, como los que usan esos oficinistas que llevan la adultez con disgusto. Hasta Mc Taylor -que habitualmente se engalana con vidrieras modernas y de impronta europea- parecía querer mimetizarse con la difunta Angelo Paolo. Todo muy triste, muy pobre, demasiado austero. ¿Qué cornos está pasando? ¿Dónde quedaron esos cortes estilizados, esos géneros innovadores, ese colorido atrevimiento de otras temporadas? ¿Es que acaso los comerciantes de Av. Santa Fe están conspirando secretamente para ahuyentar a la clientela?

La única etiqueta que salvaba las papas era Daniel Hechter, mostrando una sastrería contemporánea, entallada, elegante. Camisería sobria y elegante. Y un toque de atrevimiento en corbatas de colores vivos, como el naranja y el vinotinto.

En líneas generales, un fiasco que intuyo más vinculado a ciertos problemas para importar telas y prendas terminadas, que con una psicosis colectiva de diseñadores y vidrieristas. Una lástima.

martes, 24 de mayo de 2011

Invierno Giesso

Por si aún no se había dado Ud. cuenta, querido lector, le comento que este humilde servidor es un tipo de gustos clásicos. Nada de andar corriendo tendencias ni convertirse en conejillo de indias de diseñadores colifatos. Me place lo probado, lo reconocidamente sobrio, lo que permanece a través de las épocas. De ahí a convertirse en un potencial cliente de Giesso, hay un sólo paso.

Para dar una idea de la impronta de la marca, baste decir que Giesso lleva más de ciento veinte años en el mercado, y alega incluso haber tenido como clientes a los ex presidentes Bartolomé Mitre y Julio Argentino Roca. O sea que están en el negocio desde el año del ñaupa, y desde entonces se han caracterizado por su estilo clásico, sobrio e innegablemente porteño. La atmósfera con reminiscencias a los años '40 que caracteriza sus locales habla bastante de la filosofía que intenta transmitir la empresa.

Sin embargo, y siendo que en principio Giesso tiene todo para atraerme como cliente, algunos detalles impiden que me convierta en su más fiel devoto. Concretamente, he encontrado algunos problemas de diseño en los pantalones -una incomodísima franja de tela que suele recubrir la parte interior de la bragueta, que evidentemente colocó alguien que jamás pasa por el toilette; cinturas extremadamente estrechas, aptas sólo para el hombre "modelo fideo"- y en la confección de algunas prendas informales -camisas que se deforman con los lavados- que me impiden colocar a Giesso en el pedestal de las marcas más caqueras de la Argentina.

Pero dejémonos de introducciones. De lo que quería hablarles es de lo que propone la marca para este invierno. Y ahí, si me dejo guiar sólo por lo que aparece en las fotos y en las vidrieras, haciendo abstracción de esos detalles que ya les comentara, la verdad que la cosa pinta interesante. Porque si bien la casa se ha sumado a la onda retro que hace furor entre los diseñadores de moda masculina de estos tiempos, hay que reconocerles que acá la tendencia no se ve como algo exótico, sino que encaja perfectamente con la identidad de la marca.

Así podemos ver, dentro de la línea más formal, sacos perfectamente entallados y con solapas en punta que recuerdan mucho la moda de la década de 1940 -de hecho se ofrecen sacos cruzados como los que hacían roncha por ese entonces-, que cuadran muy bien con martini dry dry más aceituna en la mano izquierda y bella señorita rodeando el brazo derecho, aunque me temo que sea moda pasajera que se acaba el año que viene. El conjunto se completa agregando camisa rayada con cuello blanco -si puede ser con puño doble para gemelos, mejor- y corbata tirando a delgada pero no raquítica, que es como suele ofrecerlas la marca, en fondos de colores fuertes y vivos divertidos que remiten automáticamente a los diseños de Hermès, o en elegante jacquard de seda liso.
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Si el fresco obliga a salir un poco más emponchados, podemos optar por algún sobretodo con estampado príncipe de Gales, bufanda haciendo juego, y sweaters o camperitas de lana.

Para terminar -y ya los dejo seguir viendo la novela- debo decir que otro acierto de la marca es haber resucitado las camperas de cuero cortas y entalladas -estilo motociclista- que combinan más que bien con sweater y camisa polo, o con unos pantalones de jean y botas en un look a lo James Dean que hará las delicias de las chicas del barrio. La campera de cuero es un clásico que retorna cíclicamente, y que siempre podemos tener guardada en el ropero con la certeza de que volverá a estar in tarde o temprano, lo que la convierte en una inversión redituable pese a su precio generalmente no apto para bolsillos exhaustos.

Fotos: www.giesso.com.ar

lunes, 16 de mayo de 2011

De luxe

Está de moda hablar del lujo. Desde afectados señores con doctorado en La Sorbonne hasta las doñas que se hacen la permanente en la peluquería del barrio, todo el mundo quiere saber qué es hoy el lujo. En medio de esa desesperada búsqueda del conocimiento sociológico, es que el otro día me encara un tipo en la fiambrería -mientras esperaba que me corten doscientos gramos de salame, necesarios para maridar en glorioso chegusán con el pebete que había dejado en la mesada de casa- y me espeta, así de una, lo siguiente: "Mire Dr. Merengue, hace años que la vengo levantando en pala con una empresita constructora, pero la patrona me sigue diciendo que soy un grasún sin redención posible. Usted que la sabe lunga de estas cosas, ¿qué me recomienda para mostrar que estoy verdaderamente en la pomada?".

Dada la urgencia de la situación -el especial de salame y queso reclamaba mi expedito retorno al hogar, y el partido entre Villa Dálmine y Sportivo Desamparados estaba por empezar en la tevé por cable- despaché al impertinente con un "cómprese un Rolex, lleve a la señora a un fin de semana five stars, y la seguimos la próxima". Una solución como para sacarse a un pesado de encima, pero en realidad bastante alejada de la respuesta que, en mi humilde opinión, cabe dar a la inquietud existencial de nuestro amigo el costruttore.

En efecto, la idea de que el lujo pasa por mostrarle al mundo que el dinero nos brota por los poros ha quedado demodé. La humanidad ha superado la era en que la créme de la créme ostentaba sus relojes fulgurantes, el dorado hacía roncha y las marcas eran sinónimo de status. Más aún, hoy por hoy, todo eso es más bien signo de mal gusto y tilinguería, que de lujo e importancia.


Ahora, a nadie en su sano juicio se le ocurriría hacer las veces de marquesina humana, anunciando marcas como Armani, Dolce & Gabbana o Gucci. A menos que viva en un barrio de avería y haya comprado la camiseta-aviso en una feria conurbana, claro está. Hoy día la noción de lujo va por otros carriles. En primer lugar, por disfrutar de todo aquello que es único y ha sido creado especialmente para quien lo usa. Eso es la genuina distinción: distinguirse de la muchedumbre, no mediante el obsceno "aquí estoy yo", sino gozando de lo especial, de lo que se adapta a nuestras específicas necesidades. De ahí que, al menos para el que suscribe, una camisa hecha a medida, un traje de sastrería o un mueble fabricado por un artesano, representen lujos mucho mayores que objetos similares, incluso más caros, salidos de alguna renombrada factoría. El lujo no pasa por el precio, sino por la perfección con que las cosas se adaptan a nuestros gustos y exigencias.

En segundo lugar, la nueva suntuosidad se vincula mucho a la experiencia que el acto de consumir implica. Antes se consideraba rico al que gastaba sumas siderales con su tarjeta gold en un comercio fastuoso, lleno de brillos y ornamentos. Pero ahora cualquier pelagatos con un recibo de sueldo tiene a su alcance una cuenta gold, platinum, magnaninum o como catzo se llamen. Entonces, vale más que nos traten como amigos de la casa, que nos hagan sentir bienvenidos, a que nos engrupan con columnas de mármol, alfombras rojas y cosas por el estilo. Y no me refiero a esas fórmulas estereotipadas que cualquier mercachifle utiliza, porque leyó un manual de marketing y se cree que hace sentir bien a sus clientes poniendo a un telemarketer para que nos llame en nuestro cumpleaños, o entrenando a sus vendedores para darnos los buenos días. No señor. El consumidor hipersofisticado de esta centuria lo que exige no es una impostura, sino verdadero calor humano. Que el que nos atiende se interiorice sobre nuestros gustos y necesidades. Que nos salude con un apretón de manos y pregunte por nuestra familia -con genuino interés- a la segunda visita. Que la marca no nos trate como un cliente más en un millón, sino que quiera realmente forjar una relación duradera, hacerse de un cliente que exprese fidelidad a través de los años. Para dar un ejemplo, siempre me quedo charlando un largo rato con mi camisero cada vez que lo visito: me cuenta de sus cosas, le cuento de las mías, y en el mientrastanto me muestra los nuevos productos que le van llegando y le hago mis encargos. Ese vínculo casi de amistad tiene para mi un valor que ningún boliche palermohollywoodense atendido por veinteañeros cancheros y con precios for export puede equiparar. Ser considerado una persona, y no simplemente una billetera que pasa por la puerta para vaciarse en la caja, como dice Mastercard, no tiene precio.

Finalmente, entiendo que si hay algo que representa el súmmum del lujo en estos días, es simplemente disponer de tiempo libre para deleitarse en el ocio. En un mundo que anda a las corridas, en el que el objetivo es ser el primero en llegar, en el que hay que resumir todo en ciento cuarenta caractéres; hacerse del tiempo para disfrutar de una charla, contemplar un paisaje o sentir el aroma de una mañana fresca, es el mayor de los lujos al que podemos aspirar. Gozar del dolce far niente, eso si que es cosa de reyes. Todo lo demás puede pagarse en cómodas cuotas.

Ilustraciones de Guillermo Divito y Francisco Revelli.