sábado, 10 de diciembre de 2011

Cosas que Ud. jamás debería hacer

Las postrimerías del año son período pletórico de eventos sociales de todo tipo. Amén de las consabidas comilonas familiares de navidad y año nuevo, no hay empresa, asociación, grupo de amigos o sociedad de fomento que se priven de organizar una cena, entrega de premios, bailongo o reunión de algún tipo. Las hay informales, como el asado que todos los años hacemos con los muchachos del club, o más arregladas, como la cena anual de camaradería de los miembros del Colegio de Abogados de Buenos Aires (que, quienes conocen del tema, jamás osarán confundir con el mucho más prosaico Colegio Público de Abogados de la Capital Federal). Cada una de esas ocasiones tiene su etiqueta propia, que es menester respetar, para no quedar con esa amarga sensación de ser sapo de otro pozo.

Hay gente que nunca se adapta a esas reglas de etiqueta, que no son mera formalidad jurásica, sino que hablan del respeto hacia los demás contertulios y del sentido de pertenencia a un determinado ámbito. En una ínfima, pequeñísima, cantidad de casos, esa inadaptación es excentricidad, algo sólo permitido a esos fuori serie que verdaderamente se destacan en lo que hacen, esos tipos que rompieron el molde y a los que forzarlos a adaptarse a los cánones del común sería como recortarles las alas de su creatividad exuberante. Pero las más de las veces no nos encontramos frente a un Picasso, un Borges o un Reinaldo Carlos Merlo, a los que todo podría perdonárseles en virtud de su genio sin par, sino a vulgares empleados de comercio o mediocres presentadores de televisión, a los que en un arresto de divismo se les da por ponerse una camisa dorada o un traje floreado en la fiesta de quince de su sobrina. Esos ejemplos de rampante mal gusto y falta de respeto hacia el prójimo (generalmente dado por el hecho de querer resaltar por sobre el anfitrión) son pecados de lesa urbanidad que desde este espacio no voy a tolerar e insto a desterrar en todas sus formas.

Para el que todavía no se haya dado una idea de la clase de abominaciones de las que estoy parlando, acá les dejo un par de ejemplos particularmente desafortunados, que una fiel lectora me hiciera llegar por correo para ilustrar esta nota.

Caso 1: La Pantera Rosa

De este señor, sólo se que parece ser el eslabón perdido entre el glorioso Ramón Díaz y el querido Banana Pueyrredón, aunque probablemente carezca de la genialidad de cualquiera de los dos. La inabarcable fealdad del color del traje, digno de la muñeca Barbie pero no de un ser humano, casi hace que pasen desapercibidos otros detalles del infinito mal gusto de este muchacho. En primer lugar, la textura de la tela con la que está confeccionado el atuendo, clásica de los brillosos acolchados de albergue transitorio de los años '80, a lo que se le suma lo apretado del pantalón, que me hace presumir que el susodicho terminó la velada con necrosis en las piernas por la falta de circulación de sangre. Sinceramente, espero que la cosa no haya revestido mayor gravedad, porque desde aquí jamás deseo el mal a nadie.

Los zapatos merecen un párrafo aparte. Salvando que obviamente el ¿traje? no combina con ningún calzado creado por el hombre hasta el momento, recomendaría que se guarde estos timbos para las clases de tap con el Dr. Cormillot y haga el favor de no usarlos nunca más para salir a cenar.

Creo que lo único rescatable para nuestro amigo esa noche fue el platazo de ravioles que se mandó antes de llegar, evidenciado por la típica pose "me desabrocho el saco porque me revienta la zapán".


Caso 2: El hombre de negro

Lo único que se de este joven es que, antes de sacarse la foto, tuvo un accidente casero con una instalación eléctrica en mal estado, lo que explica los pelos parados y la cara de no haber podido dormir la noche anterior. Al no poder obtener un peinado normal, quiso disimular el cabello quemado aplicando aceite Patito, pero el experimento resultó fallido, redondeando un look sucio, grasiento y desprolijo.

El segundo problema que tuvo es haber confiado en Tony, su peluquero de toda la vida, cuando le dijo "el negro es elegante". En efecto, el negro es considerado un color elegante principalmente por las personas que carecen de elegancia. Así y todo, el saco podría haber sido presentable si se lo hubiera puesto con un pantalón del mismo traje y no con uno de un tono levemente distinto que le pidió prestado a un vecino. Lo que es imperdonable es la camisa negra que, como lo vengo repitiendo hace años, sólo puede ser usada por tangueros y mafiosos, siendo que a este quía no lo conocen en La Viruta ni en Reincidencia, por lo que no es ni una cosa ni la otra.

Para terminar de ponerle una mancha negra a su noche, nuestro amigo abusó del uso de pañuelos. Un pañuelo en el bolsillo está bien (al menos cuando es a contratono del saco, y no del mismo color como aquí), pero ¿agregarle uno en el cuello? ¿Qué necesidad tiene este hombre de andar con dos pañuelos? Por el overall look, me atrevería a pensar que este individuo estaba pensando en sonarse la nariz con alguno de ellos. Totalmente desagradable.

Caso 3: No todo lo que brilla es oro


A diferencia de los dos jóvenes anteriores, que eran ilustres desconocidos, a éste si lo conozco. Lo que no sabía de Don Marley era de su desbocado fanatismo por Michael Jackson, que lo llevó a comprar uno de sus sacos en una subasta y ponérselo para una cena, pese a que le quedaba evidentemente corto. Sin embargo, sabemos que son muchas las diferencias entre el simpático conductor televisivo y el malogrado Rey del Pop. En primer lugar, Michael Jackson era un eximio bailarín, mientras que Alejandro Wiebe es conocido por ser un chambonazo que anda por la vida tropezándose con todo a su paso. En segundo lugar, mientras Michael arruinó su cuerpo tratando de blanquear su piel, renegando de sus raíces negras, a Marley le pasa exactamente lo contrario, tratando de ocultar sus pálidos genes centroeuropeos mediante el abuso de la cama solar. Pero volviendo al tema que nos convoca, debo insistir en que Michael Jackson podía ponerse ese horrible saco de lentejuelas porque era un distinto en casi todas las acepciones del término, mientras que Marley lleva bien su papel de pavote simpático y nada más.

Otro error notable para destacar en el outfit del conductor de recordados éxitos como "Teleshow" y "Por el mundo" es el pantalón: le queda grande, está torcido y le hace una fea arruga sobre los zapatos. Si se cae así a la gala de fin de año de la Sociedad Numismática, lo mandamos de vuelta para la casa de un puntinazo. El asunto de la corbata tampoco lo quiero dejar pasar. La regla de oro es que la corbata debe contrastar con la camisa. En este caso no sólo la corbata no contrasta con la camisa, sino que se confunde con ella por ser del mismo color. ¿Para qué catzo se la puso si no quería que se notara? Yo, en su lugar, hubiera donado el saco al Salón de la Fama del Rock & Roll y probado con una corbata azul eléctrico. Está bien que gustos son gustos, pero algunos son mejores que otros.

Por último, y esta no es una crítica tanto para el bueno de Marley, sino para los fotógrafos que lo agarraron en un momento incómodo. Muchachos, ¿no le vieron la cara? ¿Les parece bien andar embromando a la gente cuando se le revuelven las tripas y no da más por llegar al toilette?

Bueno gente, espero este repaso les haya sido útil para saber cómo jamás, pero jamás (¡pero jamás, eh!) tienen que vestirse para ir a un evento social. Recuerden que la línea que separa la originalidad del ridículo es muy delgada, y es difícil pegar la vuelta una vez que se la cruzó. Ahora los dejo porque una amiga me está esperando y el champú está tomando temperatura.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

¡Yo también fui roquero!

Me pasó la otra vez que estaba tomando unos whiskies con un amigo en el clubjáus del Hurlingham Club, cuando el susodicho me sale con que había invertido algo de dinero en una fábrica de ropa de esas que apuntan al público teenager.  Cuando yo le pregunto por qué no me consultó previamente, dado que algún conocimiento tengo sobre el negocio de la indumentaria, mi contertulio me sale con un irrespetuoso "¡pero Arturo, Ud. no entiende los gustos de la purretada!". Obviamente, mi buen colega ignoraba que de esas cosas de la juventud yo también entiendo, porque alguna vez fui roquero. Si señor, ahora paso a explicar.

Corría el verano del '65. Pleno furor de la beatlemanía. Las minas se volvían locas y se desgañitaban gritando por cualquier melenudo que pasara cerca, y yo andaba seco como lengua de gato, porque ese año la cosecha de manzana en el Alto Valle había sido un desastre. Estábamos tomando un vermú en Pepino con los muchachos de la barra, hablando del fenómeno beat que asolaba nuestras pampas, cuando derepente se me prendió la lamparita: para salir de la mala tenía que dedicarme a la música.

Juro que nunca más usaré esas camisas

El plan era el siguiente: como por ese entonces era utópico pensar que los auténticos Beatles vinieran a estos recónditos pagos, teníamos que armar un grupo extranjero para salir por los clubes y carnavales, y así saciar la avidez del público femenino por los ritmos foráneos. Inventar un conjunto norteamericano era riesgoso, porque las comunicaciones con el país del norte eran un poco más fluidas y alguien se podía dar cuenta de la transfugueada. Así que se me ocurrió hacerlo sueco, total nadie iba a viajar a Estocolmo para deschavarnos. Lo convencí al Tano Pasaglia, que era rubio, para que haga de cantante. Para el bajo y la batería me conseguí a dos remeros del Club Escandinavo, que daban bien el target. Y yo me puse una peluca, me dejé el bigote y agarré la guitarra. Ese fue el nacimiento de "The Con's Combo".

En River con Aníbal Troilo. Roger Waters nunca logrará igualarnos.
Durante un par de años el negocio salió mejor de lo que pensábamos. Aparecimos en televisión (¡hasta en "Sábados Circulares"!). Hicimos varias temporadas en un night club de Punta del Este y aprovechamos full full los bailes de carnaval. Una vez llegamos a tocar en la cancha de River con Aníbal Troilo, en el que fuera uno de los momentos icónicos de la música autóctona, inaugurando un crossover tango-beat, muy adelantado al tango electrónico que ahora hace furor en los boliches de Ibiza. Después de agotar el yeite hasta donde dio, satisfacer nuestra demanda insatisfecha de excesos en Mau Mau y juntar tarasca suficiente para saldar las deudas con el quinielero, comprar un par de departamentos en Barrio Norte y cuatro Rambler Ambassador, cada uno volvió a lo suyo. Sin dudas, dejamos una marca en la historia de la música rock de estas latitudes. Incluso mucha gente sigue pensando que éramos suecos y se tejieron diversas historias sobre por qué el conjunto desapareció de la noche a la mañana.

¿Y a qué viene toda esta historia? A qué, como les decía, algo de rocanrol entiendo, y por ende puedo tirar alguna recomendación para que se empilche la juventud de nuestros días. ¿O se creen que ando todo el tiempo de traje y corbata?

Una buena combinación, inspirada en los precursores de la década del '50, es darse un aire rebelde recurriendo a la campera de cuero tipo bomber y a las botas de caña media. ¡No hace falta tener una Harley Davidson, ni atronar los tímpanos de los vecinos con el poder de la Fender Telecaster, para acompañar las botas y la campera con una camisa a cuadros, unos jeans gastados y unos lentes oscuros tipo Wayfarer!

Juro que una vez comimos un asado con Elvis, y estaba empilchado así.

A este muchacho, con la guitarrita y esta pilcha tampoco le fue tan mal.

Incluso, para los pebetes que andan por debajo de los treinta pirulos, es moralmente aceptable que reemplacen las botas por unas zapatillas de esas que hizo famosas Chuck Taylor. La clave para poder ser un potencial rocanrolero sin caer en la desagradable estética marginal tan en boga por estos tiempos, es mantener siempre la pilcha limpia, el pelo corto y la barba bien recortada.

A este otro, en cambio, le auguro un mayor éxito con las féminas.
Este joven entendió el concepto, pero se le fue la mano.

Bueno muchachos, espero que les hayan servido los consejos y las señoritas caigan a vuestros pies. Cualquier cosa, recuerden que su pregunta no molesta, y que mi excelente feeling con las nuevas generaciones viene de que el Dr. Arturo Merengue también fue roquero alguna vez. Por el momento los dejo, dado que tengo que concurrir a una cata de aceitunas rellenas con morrón.

jueves, 20 de octubre de 2011

El triángulo de las bermudas

Existe cierto misterio alrededor de las bermudas. Y no me refiero precisamente a esas pintorescas islas caribeñas donde los gringos concurren a dorarse como camarones al sol, empinar el codo, jugar golf y realizar otros menesteres vacacionales, famosas también porque en sus adyacencias las embarcaciones, aeronaves, sulkys y otros medios de transporte suelen desmaterializarse sin explicación alguna.

Sin embargo, así como nadie sabe a ciencia cierta qué catzo pasa en esos lares en los cuales aparentemente perderse sin dejar rastro es más fácil aún que en Parque Chas, algo similar sucede con sus homónimas del mundo de la pilcha, que muy pocos saben llevar con gracia y masculina dignidad. Acalorados debates se han producido en torno al largo que deben tener, la tela con que conviene confeccionarlas, si es preciso que sean pinzadas y otros tópicos que dividen aguas tanto entre los entendidos como entre las gentes del pueblo. Sin ir más lejos, la muchachada del bar El Faro la otra noche se quedó discutiendo hasta altas horas de la madrugada -y la cosa casi se va de las manos con golpes de puño e invitaciones a batirse a duelo con pistola y sin padrinos- respecto de si es correcto o no vestir esos modelos llenos de bolsillos y que llegan bastante por debajo de la rodilla.

Como hombre de paz y modesto conocedor de estas cuestiones de la fashion masculina, quisiera en esta ocasión expresar algunas opiniones que, creo, contribuirán a zanjar estos peliagudos entreveros que desvelan a la humanidad en su conjunto y amenazan con alterar la paz bucólica de nuestras pampas.

En primer lugar, hay que dejar sentado que la bermuda es una prenda que tiene una ubicuidad temporal y un contexto propio en el cual se debe utilizar. Su uso debiera estar restringido a los días de calor sofocante y a momentos de sosiego. Se trata de un elemento propio de contextos informales, que claramente no es apta para el trabajo ni eventos sociales. Lo ideal es calzárselas para ir a tomar un vermú a la tardecita, o degustar una picada con amigos.

En materia de diseño, si bien por tratarse de una prenda informal hay un poco más de espacio para apuestas algo más jugadas en lo que hace a colores y estampados, el buen vestir marca que conviene ceñirse a cortes tradicionales, preferentemente rectos y no muy holgados -en particular cuando se es dueño de gambas delgadas-, y alejarse del exceso de bolsillos, cierres, costuras y otros adornos cuyo uso debería ser inmediatamente abandonado una vez cumplida la mayoría de edad.

El largo es una cuestión clave y no siempre comprendida. Es imperativo no caer en el corto excesivo típico de los shorts deportivos de la década del '70 -propio del Matador Kempes, pero no de un ser humano que pretende pasar una tarde de verano sin caer en el ridículo-, ni en el otro extremo que pasa largamente por debajo de la rodilla y es muy popular entre los delincuentes juveniles y los grandulones inmaduros que pasean en patineta por las calles de Palermo Bronx. Un ser humano sensato y ubicado opta siempre siempre siempre por la bermuda apenas arriba de la rodilla, y esa regla no admite ningún tipo de excepción.

Como mencioné anteriormente, hay mayor margen para el libre albedrío en lo que hace a colores y estampados. Lo típico es la bermuga beige, blanca o azul; pero colores como el naranja, el verde claro, el celeste y hasta el lila de seguro harán roncha en el bar del Rowing Club, e incluso he tenido noticia de que en algunos ámbitos muy distinguidos se abren paso con mucha fuerza las combinaciones con rayas o cuadros, siempre con la lógica moderación que caracteriza a mis lectores. Una bermuda de lino verde claro con botamanga, en combineta con zapatos naúticos y chomba en color manteca, puede fácilmente convertirse en un highlight de los atardeceres en el Delta.

Para cerrar, termino con algunas recomendaciones. En primer lugar, no ceder a los delirios de ciertos modistos lunáticos que quieren hacernos creer que se puede usar pantalón corto con saco y zapatos de vestir. Por otra parte, tener cuidado con el calzado -no creerse autorizado por la informalidad veraniega para salir con zapatillas deportivas o chancletas- y jamás -pero jamás de los jamases- cometer el delito de usar bermuda con medias.

Habiendo dilucidado estas complejas cuestiones, creo que el lector se encontrará capacitado para convertirse en un usuario responsable de bermudas, por lo cual puedo retirarme a continuar con la lectura de los clásicos y demás ocupaciones habituales.

Interesante propuesta de Hugo Boss. Hacer abstracción del saco y los zapatos.

Lacoste, en un ejemplo de como ser audaz sin perder el charme y la elegancia.

Polo Ralph Lauren Golf, para transitar los fairways con un toque chic.


domingo, 9 de octubre de 2011

Combatiendo el calor

Los incipientes calores del verano no son precisamente lo que mejor se lleva con mi humanidad. Si a eso sumamos el hecho de público y notorio conocimiento de que, en Buenos Aires, lo que mata es la humedad, me auguro para los próximos meses una combinación fatídica. Por eso es menester, antes de que las temperaturas extremas se traduzcan en copiosa sudoración y la consecuente sputza que aleja de mi a todo ser con un mínimo de sensibilidad olfativa, encontrar la forma de mitigar los desgraciados efectos de la météo.

La forma más obvia, desde luego, es equipar el bulín con unos poderosos Carrier y no salir de allí hasta que el día vuelva a estar apto para andar de sobretodo. Pero los que tenemos compromisos sociales y/o laborales que nos obligan a yirar por los cien barrios porteños, debemos buscar algún solaz momentáneo para protegernos de la inclemente meteorología de estas latitudes. Una buena opción es, sin lugar a dudas, hacer una pit stop para degustar un sabroso helado, programa también apto para agasajar de forma casual y divertida a alguna señorita en una noche de verano.

Si bien es poco lo que queda de las más tradicionales heladerías de Buenos Aires (El Vesubio de la Av. Corrientes se caracteriza por su pésima atención, y la entrañable Scannapieco de la Av. Córdoba cerró hace algún tiempo), acá les paso mi podio personal de aquellos lugares donde aún puede degustarse un buen cucurucho sin caer en esas cadenas fashionmarketineras que conoce todo el mundo.

Medalla de oro: Diecci Helados

En el humilde criterio de este servidor, no existe en esta ciudad lugar mejor para saborear un helado en buena compañía que Diecci, en Villa Devoto. Lo que garpa aquí, además del producto en si mismo, es el entorno: un tranquilo boulevard en un barrio residencial, una pérgola ideal para sentarse a tomar la fresca, y un ambiente con evidentes reminiscencias noventistas, mezcla de calidez y retrofuturismo. Lógicamente, no lo recomendaría si adentro del cucurucho pusieran una porquería industrializada llena de saborizantes artificiales. Todos los sabores se destacan por su cremosidad y consistencia, y el paladar agradece la materia prima natural. En mi opinión, el must es la "frutilla a la reina", con una fresca y delicada combinación de frutilla, crema y merengue.

Dónde: Chivilcoy 3405 (esq. Navarro), Villa Devoto.

Medalla de plata: Adaggio

Aunque tiene una simpática terracita, el fuerte de Adaggio no es seguramente el ambiente. No es que sea fulero, pero no tiene nada en particular que lo destaque por sobre cualquier café contemporáneo de esos que se multiplican por toda la ciudad. Boliche más en la onda heladería/cafetería/restaurant que curten las más importantes cadenas del ramo últimamente, cumple en casi todas las categorías, aunque la estrella es, de lejos, su razonable variedad de gélidas cremas. Productos naturales y bien consistentes, tirando a pesadones, no aptos para espíritus flojos que no pasan del helado de limón. Lo que si o si hay que probar acá es la crema de avellanas, que viene munida de grandes trozos de chocolate semiamargo. En invierno ofrecen otro highlight, que es el "gelato caldo": un chocolate espeso y bien caliente producto de derretir helado con la vaporiera de la máquina espresso.

Dónde: Av. Olazábal 5598 (esq. Ceretti), Villa Urquiza. Hace poco abrieron sucursal en Roque Pérez 3897, Saavedra.

Medalla de bronce: La Flor de Almagro

Acá no hay ni glorieta, ni café, ni nada que pueda resultar atractivo para aparecer con una fémina del brazo, a menos que la estrategia de seducción pase por irlas de genuino reo de arrabal. Se trata de uno de los últimos reductos heladeriles que no ha sucumbido a la tentación de la modernidad, ni incorporado productos esotéricos como bombones o ensaladas de rúcula. La onda es hacer el pedido en el mostrador y, con suerte, encontrar una mesita o espacio en el banco de la vereda. Quizá no sea el mejor helado de Buenos Aires, pero la relación precio-calidad es más que destacable, y la experiencia de pedirse un cucurucho de banana split y chocolate en un lugar que recuerda los históricos locales que ponían los tanos que trajeron el gelato a nuestros barrios, simplemente no tiene precio.

Dónde: Av. Estado de Israel 4727, Almagro.

Bueno, estimados, espero que las recomendaciones les hayan resultado útiles, y ya estén embuchando un cuarto de dulce de leche y menta granizada. Ci vediamo!

sábado, 17 de septiembre de 2011

Grandi amici!

¡Hola mundo! Ante todo quiero agradecerle a todos mis amigos de aquí y allá por el afecto expresado durante mi ausencia. Todavía tengo muchísimas cartas de seguidores preocupados por mi momentánea desaparición del éter acumulándose sobre mi escritorio. Prometo contestarlas todas una vez que me ponga al día con mis asuntos acá en Buenos Aires. Sucede que tuve que partir de urgencia al Lejano Oriente por cuestiones de negocios, por lo que dejé las cosas medio despelotadas en estos pagos.

Por suerte, heme aquí nuevamente y dispuesto a compartir los secretos de un estilo de vida que ha hecho inesperado furor entre gentes de todas las edades. Ultimamente me consultan mucho sobre lugares para ir a morfar en un plan un poco más arreglado que los bodegones que tanto mi piacen, pero sin incurrir en sofisticaciones excesivas de new cuisine no apta para todo público. Es curioso, pero desde Jorgito Yamamoto -mi tintorero- hasta Juan Carlos -el simpático taxista que me trajo el otro día desde Ezeiza- todos me hacen la misma pregunta. E invariablemente les contesto, vayan a lo de mis grandes amigos de Il Gran Caruso.


Pongámonos en contexto. "Il Gran Caruso" es uno de los pocos comederos ubicados en Palermowhoknows que se aleja de la fashion palermitana de la atención improvisada y las cartas pretenciosas, para depositarnos en la confortable zona de lo conocido, los sabores reconocibles, el clima ameno y familiar, la profesionalidad de antaño. Así y todo, se equivoca quien supone que se trata de un boliche exclusivo para jovatos rondando la caducidad. Al contrario, la ubicación y la decoración íntima y sofisticada lo hacen un sitio apto para diversos fines, digamos reuniones de negocios, cenas con amigos y/o veladas íntimas con alguna agraciada señorita. Además, el hecho de que los mozos nos saluden y atiendan como clientes de toda la vida, sin dudas suma porotos en la cuenta de la damisela que nos acompaña.

Y todavía no hablé de la comida. Como es de esperarse en un lugar con impronta tanísima, lo que predomina en la carta son los sabores mediterráneos: mucho jamón crudo, aceitunas, mozzarella, pasta y mariscos. Lógicamente, los platos ofrecidos son algo más elaborados que los de la típica cantina con las ristras de ajo y los jamones colgando del techo, pero tampoco tan extraños como para espantar a los paladares más conservadores. Para quienes no gusten de complicarse las cosas, sugiero comenzar con una picadita y pasar a algún plato de pasta, por ejemplo spaghetti con mariscos. También hay pescados y pizzas, siendo éstas últimas de la varidad finiiiiiiiiiiiita, que como se sabe no son las que despiertan mayor deseo en mis papilas gustativas (prefiero la más contundente pizza al molde de El Cuartito o La Mezzetta, aunque alguna concesión a las tendencias contemporáneas hay que hacer de vez en cuando). De todos modos, más allá de la eterna polémica respecto de si una galleta con salsa de tomates y camarones puede ser calificada de "pizza", creo que son una opción válida, al menos para el gusto femenino.

Párrafo aparte merecen los postres, entre los que abundan esas copas heladas a la vieja usanza, llenas de cosas (ítem destacado, el Sorbetto Fragola: helado de sambayón, frutillas naturales, merengue, baño de chocolate con almendras) y sobresale un auténtico must, como lo es el Panettone allo Zabaglione: pan dulce, sambayón, helado de chocolate y frutas secas. Soy consciente que no toda la muchachada comparte mi amor incondicional por la fruta glaseada del pan dulce, pero créanme que es algo que vale la pena degustar.

La cuenta probablemente no sea el plato más fácil de digerir del menú, pero permanece dentro del campo de lo razonable, que como es sabido se estira en nuestro país cada día un poquito más. 

Hagan la prueba y después me cuentan.


Dónde: El Salvador 5805, Palermoalgo
Más información: www.grancaruso.com.ar

martes, 16 de agosto de 2011

Poor, but with dignity (parte dos)

Hola queridos amigos. Disculpen que los he dejado esperando una nueva entrega de este folletín algo discontinuo dedicado a la exaltación del buen gusto y los must be de la vida del hombre moderno. Me han comentado que algunos lectores han padecido por la abstinencia, incluso desarrollando indisposiciones psicosomáticas como la ceborrea y los sabañones. Pero aquí estoy nuevamente para parlarles un rato sobre el tema que habíamos dejado inconcluso la vez pasada: cómo lucir dignamente sin patinarnos toda la biyuya de la quincena y la jubileta del nono, ambas inclusive.

Había quedado en pasarles algunos consejos, de esos que sólo un buen amigo da, en materia de camisas. Hoy ando con el trastorno obsesivo compulsivo a flor de piel, así que los repasaremos cual listita de mandados.

Tela: Un error harto común en la elección de la camisa, es recurrir a ejemplares confeccionados en infausta mezcla de polyéster. Escuché en ocasiones tipos justificarse de semejante sacrilegio invocando la mayor facilidad para el planchado, pero todos sabemos que detrás de la opción por el horripilante material sintético se esconde simplemente la tacañería y el gusto poco educado. El polyéster no es sólo un género estéticamente cuestionable, sino que en verano contribuye a una mayor sudoración, generando una sputza que te la voglio dire. Por eso, si no quiere ser discriminado de la barra por maloliente y berreta, compre solo camisas de puro algodón, no acepte imitaciones. Por menos de $ 200 pueden conseguirse, por ejemplo, en Zara.

Todo mal: color verde super grasún, cuello enorme y cerrado
Color: Es típico del arrabalero irreparable utilizar camisas de colores fuertes como el naranja, el violeta oscuro, el verde musgo o el negro. Para ahorrarle tiempo en explicaciones innecesarias, se lo digo sin más preámbulos: jamás pero jamás use esos colores, y menos que menos con corbata. El negro es eventualmente aceptable si y sólo si Ud. es un capo mafia, un tanguero o un hombre de la noche. En cualquier comercio de barrio, tienda o supermercado pueden encontrarse los tres únicos colores de camisa que le evitarán parecer el tío borracho de las fiestas de casamiento: blanco, celeste y rosa pálido (en ese orden de preferencia). En todos los casos, la camisa siempre debe ser de un tono más claro que la corbata. Si los colores lisos le parecen un poco aburridos, puede darle vuelo a su imaginación recurriendo a telas con alguna trama, a las rayas o a los cuadros, siempre cuidando que las rayas no sean muy gruesas, porque en tal caso se asemejará a un cajero de esos comederos que expenden sánguches de hamburguesa con papas fritas.

Con ustedes, el cuello italiano
Cuello: El cuello de la camisa suele ser fuente de muchas desdichas. Lo principal es que tenga una buena entretela que le de volúmen y cierta rigidez, porque un cuello que se dobla demasiado es sinónimo de mala calidad y harán que Ud. se vea como un oficinista mal pago. Otra recomendación es que no sea demasiado cerrado, puesto que esos cuellos que son casi paralelos a la corbata son cosa del año del ñaupa, y gracias a Dios han quedado en desuso. En lo personal, creo que el cuello tipo italiano es una opción sumamente elegante, que lo dejarán con aspeto de miembro de la realeza, aún cuando la camisa haya sido comprada en la liquidación de Macowens. Una última recomendación es evitar combinar cuello polo (el que viene con los botoncitos) con corbata, lo cual es un imperativo categórico kantiano, del que sólo se encuentran exceptuados los Testigos de Jehová cuando salen los sábados a la mañana a interrumpir el sueño de los vecinos del barrio.

Una bonita camisa de Zara, que debe rondar las dos gambas
Corte: El corte de la camisa es algo que no tiene relación alguna con su precio, por lo que no existe sobre la faz de la Tierra excusa alguna para escaparle a las reglas básicas del buen vestir camiseril®. En primer lugar, tenga en cuenta que una buena prenda debería estilizar su figura, no hacerlo parecer un matambre ni parecer una bolsa de consorcio: ningún botón ha de quedar tirante, ni sobrar tela por los costados y la espalda formando antiestéticos bollos por arriba del pantalón. La camisa ideal debería ceñirse al cuerpo y ser levemente entallada en la cintura, cosa de remarcar la forma triangular del torso masculino, aún cuando Ud. se esté pareciendo más a una "o" en tipografía arial 10000 antes que a aquella forma geométrica. Una segunda cuestión es el largo de las mangas, que deberían sobrepasar entre uno y dos centímetros la muñeca, de modo de quedar apenas visible con el saco puesto.

Estimados míos, espero que estas breves explicaciones les hayan servido para sacarle el máximo de provecho a su presupuesto, ya sea que tengan que conformarse con una prenda industrial comprada en el supermercado, o que tengan su camisero de medida de confianza.

lunes, 1 de agosto de 2011

Pobre pero digno (part one)

Hay quien piensa que soy highlife de nacimiento, que nunca supe de que la va eso de juntar el mango para parar la olla. ¡Pero no, señor! No he tenido la fortuna de venir al mundo en familia de doble apellido al estilo Alzaga Unzué, Pereyra Iraola o Benegas Lynch. La pilcha a medida, los coches de alta gama, la maison en Barrio Norte y las noches de boite rodeado de bellas féminas son sólo gustos adquiridos merced al arduo trabajo y la fortuna. Antes de eso hube de pelarme el lomo, pasar frío y viajar en colectivo como digno proletario.

¿Y a qué viene todo este cuento? A que, para ser distinguido y cultivar el buen gusto no hace falta ser un bacanazo. Ser un laburante no tiene porqué convertirse en sinónimo de ser un grasún irredimible. Entrenando un poco el ojo y dotándose de paciencia, el buen vestir puede estar también al alcance de la clase obrera.

Lógicamente, hay que amoldar un poco las pretensiones. Un empleado de comercio con salario mínimo de convenio debe olvidarse momentáneamente de emperifollarse con ambos Super 140, timbos Salvatore Ferragamo o abrigarse con pulóveres de puro cashmere. Lo cual tampoco implica resignarse a lucir como un asalariado derrotado, de esos que pululan por el transporte público con la camisa salida del pantalón, la corbata negra deshilachada, peinado con claritos y mochila deportiva.

Hay marcas de calidad tirando a mediopelo y precio amable, que pueden ser exprimidas para obtener un look decoroso, que sobresalga del parámetro de la fashion oficinil. Ejemplos clásicos son Equus o Macowens -la cual incluso ha tratado de incursionar en un escalón levemente más alto del mercado con la marca Carven-, que vienen vistiendo a generaciones completas de empleados administrativos. En tiendas como Falabella o Zara también pueden encontrarse prendas para quedar pipícucú.

Macowens. Barato, pero decente
Carven: un poco más de precio, un poco más de onda

La cuestión es no cometer macanas elementales que llevan a cruzar la fina línea que separa al aspirante a petitero del Rey de la Bailanta®.

El primer paso es comprarse un traje como la gente. Para ello debe buscarse la etiqueta que acusa la composición de la tela con la que está confeccionado -que suele estar escondida en los bolsillos interiores, cosa que uno no la encuentre- y fijarse bien que no diga "100% polyéster", en cuyo caso debe tomarse un bidón de kerosene y un encendedor Bic, y pasarlo al masallá de la sastrería. Lo ideal sería encontrar alguno rotulado como "100% lana", pero probablemente ello implique un shot mortal al presupuesto del asalariado. Por menos de una luca se consigue alguna combineta potable de lana con escasa proporción de polyéster, o un tejido sintético de mejor calaña, como la viscosa. Importante es recordar que no todo lo que brilla es oro, y abstenerse de todo género que brille y su precio esté debajo de los dos mil quinientos pesos. Si brilla y es barato, chorrea muzzarella. Y no creo que Ud. desee verse como un cadete de policía en día libre -creáme que se ven muy mal, o tome el subte B en la estación Villa Ortúzar y compruébelo con sus propios ojos- o un pseudo coiffeur de alguna zona relegada del conurbano profundo. 

Después está el tema del color. ¿Quién dijo que el negro es chic? ¿El tipo que cubre eventos para la revista Pronto? Está todo dicho... El negro debe ser rechazado por las mismas razones que el brillo: si el piné no le da para entrar en Ermenegildo Zegna, mejor absténgase. Colores como el gris oscuro o el azul son mucho más elegantes, y si tienen alguna raya delgada levemente a contratono, le darán un toque de moderada originalidad. 

Finalmente, queda la cuestión del corte. Una metida de pata muy común consiste en ponerse el ambo así como está, sin ningún arreglo. Pero, a menos que Ud. sea el hijo de la señora que hace la moldería, lo más probable es que le quede para el upite. No hay nada más feo que esos sacos que parecen una bolsa de consorcio, o esos pantalones que forman un acordeón sobre el zapato. Hasta la casa más zaparrastrosa suele ofrecer la posibilidad de hacer algún ajuste, si se insiste lo suficiente. La idea es que el saco marque un poco la cintura y quede ajustado al cuerpo. Su largo no debería superar el de los pulgares de las manos colgando a los lados de cuerpo. ¡No es tan facilonga la cosa, eh! Y los pantalones deberían seguir en línea recta la cadera y llegar hasta el taco por atrás y hacer por delante hacer un único pliegue sobre el empeine, cubriendo los cordones del zapato.

¡Puf! Me cansé de dar asesoramiento gratuito. La próxima la seguimos con otras reglas de cumplimiento obligatorio en materia de camisas y corbatas. Quizá en algún momento también tengamos tiempo de analizar el peliagudo asunto de la ropa sport. Ahora los dejo mirando la novela con la patrona, que yo me tengo que ir a jugar al póker con los muchachos.

¡Ci vediamo!

domingo, 17 de julio de 2011

Con los pies sobre la tierra

Los detalles no son todo, pero marcan la diferencia. Soy de la clase de personas que piensan que un morfadero no se puede considerar high class si, por ejemplo, permite que las toallas se desparramen en el piso del toilette. O que una dentadura amarillenta y mal alineada puede convertir, ipso facto, a una bella y sensual señorita en un bofe mal cocido incapaz de generar el más mínimo impulso libidinoso. Del mismo modo, la diferencia entre un gentleman y un aspirante a linyera puede radicar simplemente en sus zapatos.

Noseporqué, pero mucha gente no le da al calzado la importancia que se merece. O si le da importancia, es simplemente para asegurarse que sea cómodo y no le apriete los juanetes. Pero, ¿qué clase de razonamiento es ese? Si en la vida todo pasase por el confort, sería lícito que las mujeres anduviesen de batón floreado y los hombres de chancletas. Evidentemente hay otros factores que pesan al momento de empilcharse, y de entre ellos la elegancia no es de los menos relevantes.

Señora: no le permita esto a su marido
Hay tipos que arruinan un outfit decente por todo lo demás, combinándolo con esos zapatotes horrorosos que venden en los supermercados. Por las calles del microcentro se ve mucho ese fenómeno: oficinistas con trajes baratos pero dignos, que demuestran la infelicidad de sus existencias -dado que hubieran preferido triunfar como goleadores en el football de las Islas Feroe o tocando el bombo en un conjunto folclórico antes que como jefes de contabilidad en una fábrica de rulemanes- a través de unas canoas espantosas de punta cuadrada con suela de goma y cámara de aire. Otro clásico son los alegres vejetes de camisa y jeans que quieren darse un touch de juventud recurriendo a zapatillas colorinches con resortes, de esas que usan los delincuentes juveniles.

De lo dicho, podrá Ud., estimado lector, extraer las dos primeras lecciones en materia de calzado: 1) Que un traje va preferentemente con zapatos de suela natural y punta estrecha -no hasta el punto de estrujar los dedos, por supuesto- o, a lo sumo, con suela de goma delgada, de no más de medio centímetro -hágame caso, vaya siempre a la zapatería con un regla, una cinta métrica u otro instrumento de medición-. 2) Que un blue jean, unos náuticos o un pantalón de gabardina no pueden ser jamás utilizados con calzado deportivo -en realidad, el calzado deportivo no debería ser utilizado nunca por un homo sapiens, excepto para la función específica para la que fue creado, esto es, hacer deporte-.

Incorporados estos dos primeros conceptos elementales, podemos pasar a algunas recomendaciones más específicas.

Así, para una ocasión formal peronotanto -digamos un almuerzo de negocios, pero no una gala en el Teatro Colón- podría recurrirse a un traje azul de pura lana con zapatos en dos tonos de marrón o, si el presupuesto lo permite, unos en cuero de pata de avestruz muy mononos que he visto en Mc Shoes:

Compre estos: las mujeres caerán rendidas a sus pies

Recomendado del Dr. Merengue: tengo unos igualitos a estos, de Oggi
La onda cashual es quizá un poco más complicada, porque muchos hombres descarriados tienen tendencia a caer bajo el canto de sirena de adefesios creados por Nike, zapatillas para gente que anda en patineta, o cosas por el estilo. En mi humilde opinión, el margen de error se puede reducir yendo a lo seguro: mocasines o zapatos náuticos. Este tipo de calzado no tiene por qué ser aburrido, y así hay opciones en piel de reptil o colores como el azul o el celeste -del verde loro, por favor abstenerse-, a saber:

Dos variantes de mocasines Guido que lo convertirán en un tipo canchero
Náuticos de Hush Puppies, no se si en la imagen se aprecia su bello color azul
Bueno estimado amigo, creo que con lo dicho hasta aquí le he dado algunas herramientas fundamentales para no pasar papelones por andar con las pantuflas Sufflé del nono o espantar a una señorita por caer con Adilettes en la primera cita. Si le queda alguna duda, puede buscar mi número en la guía telefónica o esperar hasta la próxima entrega. ¡Arrivederci!

lunes, 4 de julio de 2011

Fútbol, pasión de multitudes

Días atrás una reconocida firma de ropa deportiva -cuyo nombre no será mencionado debido a que no pudimos acordar el correspondiente cachet- me invitó a la presentación de unos productos con la excusa del inminente inicio de un torneo continental de football. En medio de los flashes, las bellas mujeres y el bochinche que suele acaparar ese tipo de eventos, uno de los contertulios se acercó para pedir mi opinión sobre el estado actual del popular deporte. Si bien en un primer momento pretendí evadir la pregunta dado que, desde la desaparición del glorioso Atlético Cipolletti de los primeros planos del fútbol nacional, no hay nada verdaderamente interesante para comentar en el panorama futbolístico local, la insistencia de los parroquianos finalmente me persuadió de solicitar al discjockey que baje la música para disertar unos minutos.
El "Bambi" Veira, "Llamarada" Eresuma, Miguel Angel Díaz y Carlos Martinoli, glorias del Cipolletti que goleó a Boca en el Nacional '77

Aclarado que no hablaría del paupérrimo presente de la selección argentina, ni del descenso de River Plate a la segunda división, me dediqué a exponer sobre la evidente decadencia del balompié como espectáculo en general y, en particular, la degradación estética que ha sufrido a lo largo de las décadas. Comencé recordando los tiempos en que el football era una pasión genuinamente popular que convocaba a multitudes que se deleitaban sanamente con la destreza de los players y el juego vistoso de los equipos que recurrían a la táctica 2-3-5 -dos backs, dos half por las bandas, un centrojás, dos wings, dos insiders y un centro forward-. En esa época el público asistía a los estadios de traje, corbata y sombrero, los conjuntos deportivos no estaban afeados por la publicidad y los jugadores se peinaban con gomina Brancato -nada de claritos, crestas ni otros engendros capilares de masculinidad dudosa-.

La "Máquina" de River: la era de oro del football
Con el transcurrir de los años, la decadencia generalizada de la sociedad también alcanzó al fútbol. El poder y dinero lo corrompieron. Los clubs fueron usurpados por bandas de mafiosos ávidas de lucrar con la pasión de los hinchas, aunque ello implicara desangrar las instituciones con sus turbios negocios. Las gradas se poblaron de energúmenos, de profesionales de la violencia al servicio del delito más vulgar y la política de baja estofa, que espantaron a las gentes de bien que sólo pretendían unos momentos de dispersión en familia. La estética futbolera se marginalizó al ritmo de la "cultura del aguante" promovida desde la prensa demagógica, la desesperación de los equipos por generar ingresos a través de la publicidad más grotesca -que compensara la depredación consumada por los dirigentes- y la debacle en la educación y los valores de todos quienes rodean al otrora bello deporte. De más está decir que los partidos perdieron paulatinamente su atractivo, y de ballets coronados por cataratas de goles devinieron en virtuales guerras, bodrios acaparados por el ceroacero y el pelotazo a la tribuna.

Nike tiene la culpa de haber convertido al sobrio botín negro en calzado apto para conjuntos de cumbiavillera
Talleres de Córdoba luciendo avisos clasificados en su camiseta
Afortunadamente, todavía queda alguna cosita de vez en vez que justifica encender la tevé o pagar una entrada. El pintoresco team uruguayo del último mundial, que a base de descaro y garra charrúa se ganó el cariño del mundo entero puede ser un buen ejemplo. A nivel individual, aún quedan personajes queribles como el Titán Palermo o el Loquito Abreu. En cuanto al aspecto estético, es bien poco lo que ha quedado, pero por ahí circula gente elegante como Pep Guardiola o Sir Alex Ferguson, y muy esporádicamente alguna firma de indumentaria sorprende con un diseño sobrio como el de las camisas con que Puma vistió a algunos equipos a principios de la década pasada.
Casaca suplente de Rosario Central, temporada 2002/2003: fútbol con botones
Pep Guardiola: un dandy en el banco de suplentes
Dicho lo cual, agradecí los aplausos, terminé mi Martini draidrai y partí raudo hacia otros menesteres, no sin antes pronosticar una interesante actuación de Crucero del Norte en el próximo Torneo Argentino A y recordar que por ninguna razón del mundo un hombre puede utilizar pantalones largos sin calcetines.

viernes, 24 de junio de 2011

Ensalada setentera: Boney M + moda disco

Encontrábame hace un tiempo dispuesto a manducar un choripán a eso de las tres de la mañana en un puesto de la Costanera Norte cuando de pronto me vi inmerso en una situación singular. Una suerte de realidad paralela donde todo resultaba factible, y en un quiebre espaciotemporal un enajenado parrillero visiblemente afectado por el consumo de sustancias alucinógenas trasmutó en discjockey poseído por la fiebre disco convirtiendo el lugar en una pista de baile que vibró al ritmo de Boney M.

Muchos de ustedes quizás preguntarán: ¿qué catzo es Boney M?

Pues bien, para los que no lo saben, se trata de uno de los más improbables engendros que viera nacer la industria musical, antes de que la democratización de las maquinitas pusiera el punchi-punchi al alcance de cualquier neófito.

La historia es más o menos así: a mediados de los años '70 -en pleno furor de las bolas de espejo, los pantalones oxford y los peinados afro- a un pícaro productor discográfico teutón de nombre Frank Farian se le ocurrió armar un grupo de disco music en el laboratorio, reventar las boites de toda Europa y levantarla en pala en la volteada. Para darle apariencia de veracidad a la cuestión, contrató a tres morenas caribeñas con pinta de azafatas de alguna aerolínea africana de la época, y a un inmigrante arubeño conocido como Bobby Farrell, con poco talento para el canto pero con mucho carisma y una llamativa habilidad para el baile. El éxito sonrió a la pintoresca troupe, y durante unos buenos años cosecharon los dividendos de su irresistible combinación de ritmos pegadizos, vestuarios imposibles y bizarro sex appeal.

Para que la dama y el caballero que visitan esta humilde morada capten de que estoy parlando, van tres ejemplos, a saber:

 
Rasputín: Esto es lo que estaba pasando el deejay choripanero esa fría madrugada que cambió mi vida. Le gustó hasta al proletario soviético, que para bailarla debía llenar un formulario y solicitar permiso al Politburó.

Gotta go home: El diccionario de la Real Academia remite a este video cuando uno busca la definición de kitsch. Pero la mezcolanza bávaro-afro-caribeña es tan pegadiza que mis informantes dicen que todavía hace roncha entre la juventud en su versión remixada.

 
Sunny:  Esta canción me parece genial posta posta. Sonido seventie con aire, dirección, tapizado de cuero y todos los accesorios. Me encantan los violines al punto de darme ganas de comprar una coupé Torino e ir a cenar a Los Platitos.

*****

Dejando de lado la cuestión musical, y dado que la muchachada se desgañita pidiéndome que hable de pilcha porque no sabe qué ponerse el fin de semana, aprovecho la ocasión para revolver el arcón de los recuerdos y sacar de él a la moda disco y tirarles un par de fijas inspirándome en ella.

Sabrán Uds. que los años '70 fueron de lo más delirante que recuerde la humanidad en materia de moda, al menos después del período barroco y la fashion prehistórica de salir a cazar mamuts con un hueso en la cabeza. Fue un período propicio para la exageración: hombreras colosales, zapatos con plataformas, lentejuelas, estampados inverosímiles, volados y una inacabable lista de etcéteras. El hombre portaba mostacho imponente, patillas, gafas oscuras, pantalones ajustados a la cintura, traje tres piezas con solapas enormes y camisas con cuellos desmesurados y hasta jabot en los casos más graves.

Chic, otro conjunto musical emblemático de la era disco, haciendo gala de la elegancia de la época.
Ahora bien, si hay algo rescatable del período para que el caballero se tire encima sin correr riesgo de que le ofrezcan conchabo de payaso en el Circo Rodas, es el traje de tres piezas -pantalón, saco y chaleco- aunque siempre con solapa acorde al siglo XXI y omitiendo las patas de elefante. Si al conjunto se le agrega pañuelito en el bolsillo, su feliz portador habrá de contratar secretaría para atender los llamados de las señoritas del vecindario. Así queda contemporáneo y monono, para el Ricardo Montalbán de los tiempos que corren:


Por el lado de las féminas, no hay una única tendencia que pueda caracterizar a la onda disco. Como siempre, el bello sexo se empilcha con cualquier cosa -o mejor aún, con nada- y nos deja patitiesos. Si tuviera que elegir algo representativo, me quedo con las hombreras, los brillos y los enterizos. Precisamente ésto último es lo que hoy voy a recomendar a las señoritas que me leen para que seduzcan a sus galanes. El "mono" me parece una prenda de lo más sensual y femenina. Resalta la forma curvilínea del cuerpo mujeril, es sencillo y sofisticado. Haganme caso: pruébenlo y gustarán. O al menos me gustarán a mi, que no es poca cosa.

Los setentas: el Reino de los Monos (¡que no es lo mismo que El Planeta de los Simios!)
Un moderno y monono mono que vi por ahí.


lunes, 13 de junio de 2011

"Padre, he pecado"

Se perfectamente que hay ciertas cosas que un guapo de endeveras no debería hacer jamás: usar chupines de colores, comer rúcula, comprarse un Ford Ka, pasear por Palermo Whatever... Y hete aquí que, sabiéndome al dedillo los mandamientos que rigen la vida del porteño de ley, pequé igualmente y no pude evitar caer en el paseo palermitano días atrás. Para colmo, sentí horror y dudé de mi mismo al encontrarme encantado con las prendas exhibidas en cierto local, pero así fue: entré a Penguin y me gustó.

Lo de Don Juan Carlos Penguin en Palermo Calamuchita
Penguin es una marca que siempre tuve identificada con los años '70 y '80 (aunque su historia se remonta a 1955 y comienza con un vendedor perdido en Manhattan que se compró un pingüino disecado), y su retorno a las pistas me daba mala espina, porque se me hacía cosa de metrosexualizados que buscan hacerse los originales dándose un aire retro. Si bien no estaba equivocado, puesto que efectivamente Penguin mantiene una estética que nos retrotrae a los buenos viejos tiempos, en los que la idea de estar en la pomada podía ser representada por Frank Sinatra tomando un Martini después de una tarde jugando al golf -y no por un esperpento tatuado por todos lados andando en patineta, que es lo que a las jóvenes generaciones les parece muy petitero-, es justo decir que la recreación está hecha con espíritu de homenaje y no de farsa. Chusmear entre las perchas es dar una mirada irónica pero condescendiente al pasado, y no reírsele en la cara. Como mirar las fotos del nono cuando era joven y robaba suspiros en los carnavales, y sentirse un poco identificado con él.

¡Con este saco sea el alma de las fiestas!
Y de ese arcón de los recuerdos salen algunas gemas: chombas de algodón con el cuello ribeteado a contratono -muy solicitadas en los cocktails vespertinos de fines de los '50 y principios de los '60-, cardigans trenzados, sweaters a rombos y una línea de sacos que me sorprendió por la calidad de sus terminaciones. Precisamente entre esos sacos encontré la que, a mi gusto, es la perla de la colección: un saco gris de algodón, con la solapa en terciopelo negro e impecable forro en contratono, que haría roncha entre el Rat Pack. También hay una línea de ropa deportiva muy colorida, a la que sinceramente no le di mucha pelota, porque eso de andar de joggineta por la vida simplemente non mi piace.

Así que, querido lector, si a Ud. lo habita el ánimo lúdico y quiere darle un toque jovato chic a su outfit, puede darse tranquilo una vuelta por Penguin sin temor a que los muchachos de la barra se le rían en la cara ni lo rajen del boliche por impresentable.

Combinación caquera: chombra retro + hierro 7 Ben Hogan

Algunos recursos para cuando está fresco pa' chomba


viernes, 3 de junio de 2011

Descolorido paseo por Av. Santa Fe

Repeat with me:

Un día de paseo en Santa Fe,
no le hace mal a nadie ya lo se.
Mirando las vidrieras me encontré,
con una oferta aburrida y demodé.
Era toda gris y anticuada esa pilcha,
camisas apagadas y cliché.



La horrible canción pegadiza de los '70 tenía una letra levemente distinta a la transcripta supra, pero creo que esta versión describe bastante mejor mi experiencia de días atrás paseando por la coquetísima Avenida Santa Fe. Resulta que, ocupado en otros menesteres, andaba por la zona y tenía que "hacer tiempo", por lo que dediqué algunos minutos a recorrer vidrieras, en la búsqueda de esas novedades que deleitan a la afición que tan fielmente me sigue en este espacio -es decir, mi tía Lucrecia y mi perro Bobby-. Menudo chasco me llevé. Lo que suele ser un deleite para cualquier amante del buen vestir, esas cuadras que reúnen a marcas que siempre deparan sorpresas agradables como Giesso, Mc Taylor, Halsey, Rochas y Daniel Hechter, entre otras, esta vez estaba más aburrido que bancarse tres horas de cadena nacional chupando un helado de limón.

No se bien lo que ha pasado, pero la oferta de prendas invernales para hombre que lucía en las vidrieras era poco menos que depresiva. Abundancia de tonos apagados y combinaciones sosas: sacos grises con corbatas grises, con pantalones grises, con chalinas grises, con sobretodos grises y siguen las firmas. Sastrería que parecía salida de lo peor de la década de 1980: blazers amorfos, solapas sin pespunte, telas que no aparentan la mejor calidad. Hasta Halsey, que es una casa para veteranos, pero de buena calidad, ponía unos trajes que parecían salidos del Ejército de Salvación al lado de unos zapatotes espantosos de punta cuadrada y suela de goma, como los que usan esos oficinistas que llevan la adultez con disgusto. Hasta Mc Taylor -que habitualmente se engalana con vidrieras modernas y de impronta europea- parecía querer mimetizarse con la difunta Angelo Paolo. Todo muy triste, muy pobre, demasiado austero. ¿Qué cornos está pasando? ¿Dónde quedaron esos cortes estilizados, esos géneros innovadores, ese colorido atrevimiento de otras temporadas? ¿Es que acaso los comerciantes de Av. Santa Fe están conspirando secretamente para ahuyentar a la clientela?

La única etiqueta que salvaba las papas era Daniel Hechter, mostrando una sastrería contemporánea, entallada, elegante. Camisería sobria y elegante. Y un toque de atrevimiento en corbatas de colores vivos, como el naranja y el vinotinto.

En líneas generales, un fiasco que intuyo más vinculado a ciertos problemas para importar telas y prendas terminadas, que con una psicosis colectiva de diseñadores y vidrieristas. Una lástima.

martes, 24 de mayo de 2011

Invierno Giesso

Por si aún no se había dado Ud. cuenta, querido lector, le comento que este humilde servidor es un tipo de gustos clásicos. Nada de andar corriendo tendencias ni convertirse en conejillo de indias de diseñadores colifatos. Me place lo probado, lo reconocidamente sobrio, lo que permanece a través de las épocas. De ahí a convertirse en un potencial cliente de Giesso, hay un sólo paso.

Para dar una idea de la impronta de la marca, baste decir que Giesso lleva más de ciento veinte años en el mercado, y alega incluso haber tenido como clientes a los ex presidentes Bartolomé Mitre y Julio Argentino Roca. O sea que están en el negocio desde el año del ñaupa, y desde entonces se han caracterizado por su estilo clásico, sobrio e innegablemente porteño. La atmósfera con reminiscencias a los años '40 que caracteriza sus locales habla bastante de la filosofía que intenta transmitir la empresa.

Sin embargo, y siendo que en principio Giesso tiene todo para atraerme como cliente, algunos detalles impiden que me convierta en su más fiel devoto. Concretamente, he encontrado algunos problemas de diseño en los pantalones -una incomodísima franja de tela que suele recubrir la parte interior de la bragueta, que evidentemente colocó alguien que jamás pasa por el toilette; cinturas extremadamente estrechas, aptas sólo para el hombre "modelo fideo"- y en la confección de algunas prendas informales -camisas que se deforman con los lavados- que me impiden colocar a Giesso en el pedestal de las marcas más caqueras de la Argentina.

Pero dejémonos de introducciones. De lo que quería hablarles es de lo que propone la marca para este invierno. Y ahí, si me dejo guiar sólo por lo que aparece en las fotos y en las vidrieras, haciendo abstracción de esos detalles que ya les comentara, la verdad que la cosa pinta interesante. Porque si bien la casa se ha sumado a la onda retro que hace furor entre los diseñadores de moda masculina de estos tiempos, hay que reconocerles que acá la tendencia no se ve como algo exótico, sino que encaja perfectamente con la identidad de la marca.

Así podemos ver, dentro de la línea más formal, sacos perfectamente entallados y con solapas en punta que recuerdan mucho la moda de la década de 1940 -de hecho se ofrecen sacos cruzados como los que hacían roncha por ese entonces-, que cuadran muy bien con martini dry dry más aceituna en la mano izquierda y bella señorita rodeando el brazo derecho, aunque me temo que sea moda pasajera que se acaba el año que viene. El conjunto se completa agregando camisa rayada con cuello blanco -si puede ser con puño doble para gemelos, mejor- y corbata tirando a delgada pero no raquítica, que es como suele ofrecerlas la marca, en fondos de colores fuertes y vivos divertidos que remiten automáticamente a los diseños de Hermès, o en elegante jacquard de seda liso.
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Si el fresco obliga a salir un poco más emponchados, podemos optar por algún sobretodo con estampado príncipe de Gales, bufanda haciendo juego, y sweaters o camperitas de lana.

Para terminar -y ya los dejo seguir viendo la novela- debo decir que otro acierto de la marca es haber resucitado las camperas de cuero cortas y entalladas -estilo motociclista- que combinan más que bien con sweater y camisa polo, o con unos pantalones de jean y botas en un look a lo James Dean que hará las delicias de las chicas del barrio. La campera de cuero es un clásico que retorna cíclicamente, y que siempre podemos tener guardada en el ropero con la certeza de que volverá a estar in tarde o temprano, lo que la convierte en una inversión redituable pese a su precio generalmente no apto para bolsillos exhaustos.

Fotos: www.giesso.com.ar