lunes, 16 de mayo de 2011

De luxe

Está de moda hablar del lujo. Desde afectados señores con doctorado en La Sorbonne hasta las doñas que se hacen la permanente en la peluquería del barrio, todo el mundo quiere saber qué es hoy el lujo. En medio de esa desesperada búsqueda del conocimiento sociológico, es que el otro día me encara un tipo en la fiambrería -mientras esperaba que me corten doscientos gramos de salame, necesarios para maridar en glorioso chegusán con el pebete que había dejado en la mesada de casa- y me espeta, así de una, lo siguiente: "Mire Dr. Merengue, hace años que la vengo levantando en pala con una empresita constructora, pero la patrona me sigue diciendo que soy un grasún sin redención posible. Usted que la sabe lunga de estas cosas, ¿qué me recomienda para mostrar que estoy verdaderamente en la pomada?".

Dada la urgencia de la situación -el especial de salame y queso reclamaba mi expedito retorno al hogar, y el partido entre Villa Dálmine y Sportivo Desamparados estaba por empezar en la tevé por cable- despaché al impertinente con un "cómprese un Rolex, lleve a la señora a un fin de semana five stars, y la seguimos la próxima". Una solución como para sacarse a un pesado de encima, pero en realidad bastante alejada de la respuesta que, en mi humilde opinión, cabe dar a la inquietud existencial de nuestro amigo el costruttore.

En efecto, la idea de que el lujo pasa por mostrarle al mundo que el dinero nos brota por los poros ha quedado demodé. La humanidad ha superado la era en que la créme de la créme ostentaba sus relojes fulgurantes, el dorado hacía roncha y las marcas eran sinónimo de status. Más aún, hoy por hoy, todo eso es más bien signo de mal gusto y tilinguería, que de lujo e importancia.


Ahora, a nadie en su sano juicio se le ocurriría hacer las veces de marquesina humana, anunciando marcas como Armani, Dolce & Gabbana o Gucci. A menos que viva en un barrio de avería y haya comprado la camiseta-aviso en una feria conurbana, claro está. Hoy día la noción de lujo va por otros carriles. En primer lugar, por disfrutar de todo aquello que es único y ha sido creado especialmente para quien lo usa. Eso es la genuina distinción: distinguirse de la muchedumbre, no mediante el obsceno "aquí estoy yo", sino gozando de lo especial, de lo que se adapta a nuestras específicas necesidades. De ahí que, al menos para el que suscribe, una camisa hecha a medida, un traje de sastrería o un mueble fabricado por un artesano, representen lujos mucho mayores que objetos similares, incluso más caros, salidos de alguna renombrada factoría. El lujo no pasa por el precio, sino por la perfección con que las cosas se adaptan a nuestros gustos y exigencias.

En segundo lugar, la nueva suntuosidad se vincula mucho a la experiencia que el acto de consumir implica. Antes se consideraba rico al que gastaba sumas siderales con su tarjeta gold en un comercio fastuoso, lleno de brillos y ornamentos. Pero ahora cualquier pelagatos con un recibo de sueldo tiene a su alcance una cuenta gold, platinum, magnaninum o como catzo se llamen. Entonces, vale más que nos traten como amigos de la casa, que nos hagan sentir bienvenidos, a que nos engrupan con columnas de mármol, alfombras rojas y cosas por el estilo. Y no me refiero a esas fórmulas estereotipadas que cualquier mercachifle utiliza, porque leyó un manual de marketing y se cree que hace sentir bien a sus clientes poniendo a un telemarketer para que nos llame en nuestro cumpleaños, o entrenando a sus vendedores para darnos los buenos días. No señor. El consumidor hipersofisticado de esta centuria lo que exige no es una impostura, sino verdadero calor humano. Que el que nos atiende se interiorice sobre nuestros gustos y necesidades. Que nos salude con un apretón de manos y pregunte por nuestra familia -con genuino interés- a la segunda visita. Que la marca no nos trate como un cliente más en un millón, sino que quiera realmente forjar una relación duradera, hacerse de un cliente que exprese fidelidad a través de los años. Para dar un ejemplo, siempre me quedo charlando un largo rato con mi camisero cada vez que lo visito: me cuenta de sus cosas, le cuento de las mías, y en el mientrastanto me muestra los nuevos productos que le van llegando y le hago mis encargos. Ese vínculo casi de amistad tiene para mi un valor que ningún boliche palermohollywoodense atendido por veinteañeros cancheros y con precios for export puede equiparar. Ser considerado una persona, y no simplemente una billetera que pasa por la puerta para vaciarse en la caja, como dice Mastercard, no tiene precio.

Finalmente, entiendo que si hay algo que representa el súmmum del lujo en estos días, es simplemente disponer de tiempo libre para deleitarse en el ocio. En un mundo que anda a las corridas, en el que el objetivo es ser el primero en llegar, en el que hay que resumir todo en ciento cuarenta caractéres; hacerse del tiempo para disfrutar de una charla, contemplar un paisaje o sentir el aroma de una mañana fresca, es el mayor de los lujos al que podemos aspirar. Gozar del dolce far niente, eso si que es cosa de reyes. Todo lo demás puede pagarse en cómodas cuotas.

Ilustraciones de Guillermo Divito y Francisco Revelli.

3 comentarios:

Anita Lorileira dijo...

"el lujo es vulgaridad", es una frase ya dicha por ahi no?
ODIO (asi con mayusculas) a quienes se visten de modo tal que parecen pilotos de tc, con logos de marcas por todos lados.
Hecha la catarsis, muy adecuada su descripcion de lujo, especialmente, al hacer el reclamo de ser considerado una persona

Besitos!

Natalia Schump dijo...

cuanta razón tienen su palabras Doc!
Lamentablemente mucha gente sigue creyendo que portar una remera de la salada que diga "D&G" con lentejuelas es sinónimo de status.Me gustó mucho esta nota, la redacción muy amena y cotidiana y me hizo reír mucho con algunas expresiones.Lo agrego a mi blog roll, no quiero perderme ningún post!Saludos.

Dr. Merengue dijo...

Estimada Anita, sin lugar a dudas, ser considerados una persona es lo primero que debemos reclamar como clientes. Respecto de eso de salir vestido como piloto de TC, creo que es más digno salir a la calle con una campera que diga "Cosechadoras Don Roque", a hacerlo con algo que diga "Armani Exchange".

Querida Natalia, "D&G" es lo menos de lo menos, sea de La Salada o genuinamente "made in Italy". Lamentablemente, todavía queda mucha gente que tiene a Susana Giménez como paradigma del buen gusto.