Los detalles no son todo, pero marcan la diferencia. Soy de la clase de personas que piensan que un morfadero no se puede considerar high class si, por ejemplo, permite que las toallas se desparramen en el piso del toilette. O que una dentadura amarillenta y mal alineada puede convertir, ipso facto, a una bella y sensual señorita en un bofe mal cocido incapaz de generar el más mínimo impulso libidinoso. Del mismo modo, la diferencia entre un gentleman y un aspirante a linyera puede radicar simplemente en sus zapatos.
Noseporqué, pero mucha gente no le da al calzado la importancia que se merece. O si le da importancia, es simplemente para asegurarse que sea cómodo y no le apriete los juanetes. Pero, ¿qué clase de razonamiento es ese? Si en la vida todo pasase por el confort, sería lícito que las mujeres anduviesen de batón floreado y los hombres de chancletas. Evidentemente hay otros factores que pesan al momento de empilcharse, y de entre ellos la elegancia no es de los menos relevantes.
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Señora: no le permita esto a su marido |
Hay tipos que arruinan un outfit decente por todo lo demás, combinándolo con esos zapatotes horrorosos que venden en los supermercados. Por las calles del microcentro se ve mucho ese fenómeno: oficinistas con trajes baratos pero dignos, que demuestran la infelicidad de sus existencias -dado que hubieran preferido triunfar como goleadores en el football de las Islas Feroe o tocando el bombo en un conjunto folclórico antes que como jefes de contabilidad en una fábrica de rulemanes- a través de unas canoas espantosas de punta cuadrada con suela de goma y cámara de aire. Otro clásico son los alegres vejetes de camisa y jeans que quieren darse un touch de juventud recurriendo a zapatillas colorinches con resortes, de esas que usan los delincuentes juveniles.
De lo dicho, podrá Ud., estimado lector, extraer las dos primeras lecciones en materia de calzado: 1) Que un traje va preferentemente con zapatos de suela natural y punta estrecha -no hasta el punto de estrujar los dedos, por supuesto- o, a lo sumo, con suela de goma delgada, de no más de medio centímetro -hágame caso, vaya siempre a la zapatería con un regla, una cinta métrica u otro instrumento de medición-. 2) Que un blue jean, unos náuticos o un pantalón de gabardina no pueden ser jamás utilizados con calzado deportivo -en realidad, el calzado deportivo no debería ser utilizado nunca por un homo sapiens, excepto para la función específica para la que fue creado, esto es, hacer deporte-.
Incorporados estos dos primeros conceptos elementales, podemos pasar a algunas recomendaciones más específicas.
Así, para una ocasión formal peronotanto -digamos un almuerzo de negocios, pero no una gala en el Teatro Colón- podría recurrirse a un traje azul de pura lana con zapatos en dos tonos de marrón o, si el presupuesto lo permite, unos en cuero de pata de avestruz muy mononos que he visto en Mc Shoes:
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Compre estos: las mujeres caerán rendidas a sus pies |
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Recomendado del Dr. Merengue: tengo unos igualitos a estos, de Oggi |
La onda cashual es quizá un poco más complicada, porque muchos hombres descarriados tienen tendencia a caer bajo el canto de sirena de adefesios creados por Nike, zapatillas para gente que anda en patineta, o cosas por el estilo. En mi humilde opinión, el margen de error se puede reducir yendo a lo seguro: mocasines o zapatos náuticos. Este tipo de calzado no tiene por qué ser aburrido, y así hay opciones en piel de reptil o colores como el azul o el celeste -del verde loro, por favor abstenerse-, a saber:
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Dos variantes de mocasines Guido que lo convertirán en un tipo canchero |
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Náuticos de Hush Puppies, no se si en la imagen se aprecia su bello color azul |
Bueno estimado amigo, creo que con lo dicho hasta aquí le he dado algunas herramientas fundamentales para no pasar papelones por andar con las pantuflas Sufflé del nono o espantar a una señorita por caer con Adilettes en la primera cita. Si le queda alguna duda, puede buscar mi número en la guía telefónica o esperar hasta la próxima entrega. ¡Arrivederci!