miércoles, 9 de noviembre de 2011

¡Yo también fui roquero!

Me pasó la otra vez que estaba tomando unos whiskies con un amigo en el clubjáus del Hurlingham Club, cuando el susodicho me sale con que había invertido algo de dinero en una fábrica de ropa de esas que apuntan al público teenager.  Cuando yo le pregunto por qué no me consultó previamente, dado que algún conocimiento tengo sobre el negocio de la indumentaria, mi contertulio me sale con un irrespetuoso "¡pero Arturo, Ud. no entiende los gustos de la purretada!". Obviamente, mi buen colega ignoraba que de esas cosas de la juventud yo también entiendo, porque alguna vez fui roquero. Si señor, ahora paso a explicar.

Corría el verano del '65. Pleno furor de la beatlemanía. Las minas se volvían locas y se desgañitaban gritando por cualquier melenudo que pasara cerca, y yo andaba seco como lengua de gato, porque ese año la cosecha de manzana en el Alto Valle había sido un desastre. Estábamos tomando un vermú en Pepino con los muchachos de la barra, hablando del fenómeno beat que asolaba nuestras pampas, cuando derepente se me prendió la lamparita: para salir de la mala tenía que dedicarme a la música.

Juro que nunca más usaré esas camisas

El plan era el siguiente: como por ese entonces era utópico pensar que los auténticos Beatles vinieran a estos recónditos pagos, teníamos que armar un grupo extranjero para salir por los clubes y carnavales, y así saciar la avidez del público femenino por los ritmos foráneos. Inventar un conjunto norteamericano era riesgoso, porque las comunicaciones con el país del norte eran un poco más fluidas y alguien se podía dar cuenta de la transfugueada. Así que se me ocurrió hacerlo sueco, total nadie iba a viajar a Estocolmo para deschavarnos. Lo convencí al Tano Pasaglia, que era rubio, para que haga de cantante. Para el bajo y la batería me conseguí a dos remeros del Club Escandinavo, que daban bien el target. Y yo me puse una peluca, me dejé el bigote y agarré la guitarra. Ese fue el nacimiento de "The Con's Combo".

En River con Aníbal Troilo. Roger Waters nunca logrará igualarnos.
Durante un par de años el negocio salió mejor de lo que pensábamos. Aparecimos en televisión (¡hasta en "Sábados Circulares"!). Hicimos varias temporadas en un night club de Punta del Este y aprovechamos full full los bailes de carnaval. Una vez llegamos a tocar en la cancha de River con Aníbal Troilo, en el que fuera uno de los momentos icónicos de la música autóctona, inaugurando un crossover tango-beat, muy adelantado al tango electrónico que ahora hace furor en los boliches de Ibiza. Después de agotar el yeite hasta donde dio, satisfacer nuestra demanda insatisfecha de excesos en Mau Mau y juntar tarasca suficiente para saldar las deudas con el quinielero, comprar un par de departamentos en Barrio Norte y cuatro Rambler Ambassador, cada uno volvió a lo suyo. Sin dudas, dejamos una marca en la historia de la música rock de estas latitudes. Incluso mucha gente sigue pensando que éramos suecos y se tejieron diversas historias sobre por qué el conjunto desapareció de la noche a la mañana.

¿Y a qué viene toda esta historia? A qué, como les decía, algo de rocanrol entiendo, y por ende puedo tirar alguna recomendación para que se empilche la juventud de nuestros días. ¿O se creen que ando todo el tiempo de traje y corbata?

Una buena combinación, inspirada en los precursores de la década del '50, es darse un aire rebelde recurriendo a la campera de cuero tipo bomber y a las botas de caña media. ¡No hace falta tener una Harley Davidson, ni atronar los tímpanos de los vecinos con el poder de la Fender Telecaster, para acompañar las botas y la campera con una camisa a cuadros, unos jeans gastados y unos lentes oscuros tipo Wayfarer!

Juro que una vez comimos un asado con Elvis, y estaba empilchado así.

A este muchacho, con la guitarrita y esta pilcha tampoco le fue tan mal.

Incluso, para los pebetes que andan por debajo de los treinta pirulos, es moralmente aceptable que reemplacen las botas por unas zapatillas de esas que hizo famosas Chuck Taylor. La clave para poder ser un potencial rocanrolero sin caer en la desagradable estética marginal tan en boga por estos tiempos, es mantener siempre la pilcha limpia, el pelo corto y la barba bien recortada.

A este otro, en cambio, le auguro un mayor éxito con las féminas.
Este joven entendió el concepto, pero se le fue la mano.

Bueno muchachos, espero que les hayan servido los consejos y las señoritas caigan a vuestros pies. Cualquier cosa, recuerden que su pregunta no molesta, y que mi excelente feeling con las nuevas generaciones viene de que el Dr. Arturo Merengue también fue roquero alguna vez. Por el momento los dejo, dado que tengo que concurrir a una cata de aceitunas rellenas con morrón.

jueves, 20 de octubre de 2011

El triángulo de las bermudas

Existe cierto misterio alrededor de las bermudas. Y no me refiero precisamente a esas pintorescas islas caribeñas donde los gringos concurren a dorarse como camarones al sol, empinar el codo, jugar golf y realizar otros menesteres vacacionales, famosas también porque en sus adyacencias las embarcaciones, aeronaves, sulkys y otros medios de transporte suelen desmaterializarse sin explicación alguna.

Sin embargo, así como nadie sabe a ciencia cierta qué catzo pasa en esos lares en los cuales aparentemente perderse sin dejar rastro es más fácil aún que en Parque Chas, algo similar sucede con sus homónimas del mundo de la pilcha, que muy pocos saben llevar con gracia y masculina dignidad. Acalorados debates se han producido en torno al largo que deben tener, la tela con que conviene confeccionarlas, si es preciso que sean pinzadas y otros tópicos que dividen aguas tanto entre los entendidos como entre las gentes del pueblo. Sin ir más lejos, la muchachada del bar El Faro la otra noche se quedó discutiendo hasta altas horas de la madrugada -y la cosa casi se va de las manos con golpes de puño e invitaciones a batirse a duelo con pistola y sin padrinos- respecto de si es correcto o no vestir esos modelos llenos de bolsillos y que llegan bastante por debajo de la rodilla.

Como hombre de paz y modesto conocedor de estas cuestiones de la fashion masculina, quisiera en esta ocasión expresar algunas opiniones que, creo, contribuirán a zanjar estos peliagudos entreveros que desvelan a la humanidad en su conjunto y amenazan con alterar la paz bucólica de nuestras pampas.

En primer lugar, hay que dejar sentado que la bermuda es una prenda que tiene una ubicuidad temporal y un contexto propio en el cual se debe utilizar. Su uso debiera estar restringido a los días de calor sofocante y a momentos de sosiego. Se trata de un elemento propio de contextos informales, que claramente no es apta para el trabajo ni eventos sociales. Lo ideal es calzárselas para ir a tomar un vermú a la tardecita, o degustar una picada con amigos.

En materia de diseño, si bien por tratarse de una prenda informal hay un poco más de espacio para apuestas algo más jugadas en lo que hace a colores y estampados, el buen vestir marca que conviene ceñirse a cortes tradicionales, preferentemente rectos y no muy holgados -en particular cuando se es dueño de gambas delgadas-, y alejarse del exceso de bolsillos, cierres, costuras y otros adornos cuyo uso debería ser inmediatamente abandonado una vez cumplida la mayoría de edad.

El largo es una cuestión clave y no siempre comprendida. Es imperativo no caer en el corto excesivo típico de los shorts deportivos de la década del '70 -propio del Matador Kempes, pero no de un ser humano que pretende pasar una tarde de verano sin caer en el ridículo-, ni en el otro extremo que pasa largamente por debajo de la rodilla y es muy popular entre los delincuentes juveniles y los grandulones inmaduros que pasean en patineta por las calles de Palermo Bronx. Un ser humano sensato y ubicado opta siempre siempre siempre por la bermuda apenas arriba de la rodilla, y esa regla no admite ningún tipo de excepción.

Como mencioné anteriormente, hay mayor margen para el libre albedrío en lo que hace a colores y estampados. Lo típico es la bermuga beige, blanca o azul; pero colores como el naranja, el verde claro, el celeste y hasta el lila de seguro harán roncha en el bar del Rowing Club, e incluso he tenido noticia de que en algunos ámbitos muy distinguidos se abren paso con mucha fuerza las combinaciones con rayas o cuadros, siempre con la lógica moderación que caracteriza a mis lectores. Una bermuda de lino verde claro con botamanga, en combineta con zapatos naúticos y chomba en color manteca, puede fácilmente convertirse en un highlight de los atardeceres en el Delta.

Para cerrar, termino con algunas recomendaciones. En primer lugar, no ceder a los delirios de ciertos modistos lunáticos que quieren hacernos creer que se puede usar pantalón corto con saco y zapatos de vestir. Por otra parte, tener cuidado con el calzado -no creerse autorizado por la informalidad veraniega para salir con zapatillas deportivas o chancletas- y jamás -pero jamás de los jamases- cometer el delito de usar bermuda con medias.

Habiendo dilucidado estas complejas cuestiones, creo que el lector se encontrará capacitado para convertirse en un usuario responsable de bermudas, por lo cual puedo retirarme a continuar con la lectura de los clásicos y demás ocupaciones habituales.

Interesante propuesta de Hugo Boss. Hacer abstracción del saco y los zapatos.

Lacoste, en un ejemplo de como ser audaz sin perder el charme y la elegancia.

Polo Ralph Lauren Golf, para transitar los fairways con un toque chic.


domingo, 9 de octubre de 2011

Combatiendo el calor

Los incipientes calores del verano no son precisamente lo que mejor se lleva con mi humanidad. Si a eso sumamos el hecho de público y notorio conocimiento de que, en Buenos Aires, lo que mata es la humedad, me auguro para los próximos meses una combinación fatídica. Por eso es menester, antes de que las temperaturas extremas se traduzcan en copiosa sudoración y la consecuente sputza que aleja de mi a todo ser con un mínimo de sensibilidad olfativa, encontrar la forma de mitigar los desgraciados efectos de la météo.

La forma más obvia, desde luego, es equipar el bulín con unos poderosos Carrier y no salir de allí hasta que el día vuelva a estar apto para andar de sobretodo. Pero los que tenemos compromisos sociales y/o laborales que nos obligan a yirar por los cien barrios porteños, debemos buscar algún solaz momentáneo para protegernos de la inclemente meteorología de estas latitudes. Una buena opción es, sin lugar a dudas, hacer una pit stop para degustar un sabroso helado, programa también apto para agasajar de forma casual y divertida a alguna señorita en una noche de verano.

Si bien es poco lo que queda de las más tradicionales heladerías de Buenos Aires (El Vesubio de la Av. Corrientes se caracteriza por su pésima atención, y la entrañable Scannapieco de la Av. Córdoba cerró hace algún tiempo), acá les paso mi podio personal de aquellos lugares donde aún puede degustarse un buen cucurucho sin caer en esas cadenas fashionmarketineras que conoce todo el mundo.

Medalla de oro: Diecci Helados

En el humilde criterio de este servidor, no existe en esta ciudad lugar mejor para saborear un helado en buena compañía que Diecci, en Villa Devoto. Lo que garpa aquí, además del producto en si mismo, es el entorno: un tranquilo boulevard en un barrio residencial, una pérgola ideal para sentarse a tomar la fresca, y un ambiente con evidentes reminiscencias noventistas, mezcla de calidez y retrofuturismo. Lógicamente, no lo recomendaría si adentro del cucurucho pusieran una porquería industrializada llena de saborizantes artificiales. Todos los sabores se destacan por su cremosidad y consistencia, y el paladar agradece la materia prima natural. En mi opinión, el must es la "frutilla a la reina", con una fresca y delicada combinación de frutilla, crema y merengue.

Dónde: Chivilcoy 3405 (esq. Navarro), Villa Devoto.

Medalla de plata: Adaggio

Aunque tiene una simpática terracita, el fuerte de Adaggio no es seguramente el ambiente. No es que sea fulero, pero no tiene nada en particular que lo destaque por sobre cualquier café contemporáneo de esos que se multiplican por toda la ciudad. Boliche más en la onda heladería/cafetería/restaurant que curten las más importantes cadenas del ramo últimamente, cumple en casi todas las categorías, aunque la estrella es, de lejos, su razonable variedad de gélidas cremas. Productos naturales y bien consistentes, tirando a pesadones, no aptos para espíritus flojos que no pasan del helado de limón. Lo que si o si hay que probar acá es la crema de avellanas, que viene munida de grandes trozos de chocolate semiamargo. En invierno ofrecen otro highlight, que es el "gelato caldo": un chocolate espeso y bien caliente producto de derretir helado con la vaporiera de la máquina espresso.

Dónde: Av. Olazábal 5598 (esq. Ceretti), Villa Urquiza. Hace poco abrieron sucursal en Roque Pérez 3897, Saavedra.

Medalla de bronce: La Flor de Almagro

Acá no hay ni glorieta, ni café, ni nada que pueda resultar atractivo para aparecer con una fémina del brazo, a menos que la estrategia de seducción pase por irlas de genuino reo de arrabal. Se trata de uno de los últimos reductos heladeriles que no ha sucumbido a la tentación de la modernidad, ni incorporado productos esotéricos como bombones o ensaladas de rúcula. La onda es hacer el pedido en el mostrador y, con suerte, encontrar una mesita o espacio en el banco de la vereda. Quizá no sea el mejor helado de Buenos Aires, pero la relación precio-calidad es más que destacable, y la experiencia de pedirse un cucurucho de banana split y chocolate en un lugar que recuerda los históricos locales que ponían los tanos que trajeron el gelato a nuestros barrios, simplemente no tiene precio.

Dónde: Av. Estado de Israel 4727, Almagro.

Bueno, estimados, espero que las recomendaciones les hayan resultado útiles, y ya estén embuchando un cuarto de dulce de leche y menta granizada. Ci vediamo!

sábado, 17 de septiembre de 2011

Grandi amici!

¡Hola mundo! Ante todo quiero agradecerle a todos mis amigos de aquí y allá por el afecto expresado durante mi ausencia. Todavía tengo muchísimas cartas de seguidores preocupados por mi momentánea desaparición del éter acumulándose sobre mi escritorio. Prometo contestarlas todas una vez que me ponga al día con mis asuntos acá en Buenos Aires. Sucede que tuve que partir de urgencia al Lejano Oriente por cuestiones de negocios, por lo que dejé las cosas medio despelotadas en estos pagos.

Por suerte, heme aquí nuevamente y dispuesto a compartir los secretos de un estilo de vida que ha hecho inesperado furor entre gentes de todas las edades. Ultimamente me consultan mucho sobre lugares para ir a morfar en un plan un poco más arreglado que los bodegones que tanto mi piacen, pero sin incurrir en sofisticaciones excesivas de new cuisine no apta para todo público. Es curioso, pero desde Jorgito Yamamoto -mi tintorero- hasta Juan Carlos -el simpático taxista que me trajo el otro día desde Ezeiza- todos me hacen la misma pregunta. E invariablemente les contesto, vayan a lo de mis grandes amigos de Il Gran Caruso.


Pongámonos en contexto. "Il Gran Caruso" es uno de los pocos comederos ubicados en Palermowhoknows que se aleja de la fashion palermitana de la atención improvisada y las cartas pretenciosas, para depositarnos en la confortable zona de lo conocido, los sabores reconocibles, el clima ameno y familiar, la profesionalidad de antaño. Así y todo, se equivoca quien supone que se trata de un boliche exclusivo para jovatos rondando la caducidad. Al contrario, la ubicación y la decoración íntima y sofisticada lo hacen un sitio apto para diversos fines, digamos reuniones de negocios, cenas con amigos y/o veladas íntimas con alguna agraciada señorita. Además, el hecho de que los mozos nos saluden y atiendan como clientes de toda la vida, sin dudas suma porotos en la cuenta de la damisela que nos acompaña.

Y todavía no hablé de la comida. Como es de esperarse en un lugar con impronta tanísima, lo que predomina en la carta son los sabores mediterráneos: mucho jamón crudo, aceitunas, mozzarella, pasta y mariscos. Lógicamente, los platos ofrecidos son algo más elaborados que los de la típica cantina con las ristras de ajo y los jamones colgando del techo, pero tampoco tan extraños como para espantar a los paladares más conservadores. Para quienes no gusten de complicarse las cosas, sugiero comenzar con una picadita y pasar a algún plato de pasta, por ejemplo spaghetti con mariscos. También hay pescados y pizzas, siendo éstas últimas de la varidad finiiiiiiiiiiiita, que como se sabe no son las que despiertan mayor deseo en mis papilas gustativas (prefiero la más contundente pizza al molde de El Cuartito o La Mezzetta, aunque alguna concesión a las tendencias contemporáneas hay que hacer de vez en cuando). De todos modos, más allá de la eterna polémica respecto de si una galleta con salsa de tomates y camarones puede ser calificada de "pizza", creo que son una opción válida, al menos para el gusto femenino.

Párrafo aparte merecen los postres, entre los que abundan esas copas heladas a la vieja usanza, llenas de cosas (ítem destacado, el Sorbetto Fragola: helado de sambayón, frutillas naturales, merengue, baño de chocolate con almendras) y sobresale un auténtico must, como lo es el Panettone allo Zabaglione: pan dulce, sambayón, helado de chocolate y frutas secas. Soy consciente que no toda la muchachada comparte mi amor incondicional por la fruta glaseada del pan dulce, pero créanme que es algo que vale la pena degustar.

La cuenta probablemente no sea el plato más fácil de digerir del menú, pero permanece dentro del campo de lo razonable, que como es sabido se estira en nuestro país cada día un poquito más. 

Hagan la prueba y después me cuentan.


Dónde: El Salvador 5805, Palermoalgo
Más información: www.grancaruso.com.ar

martes, 16 de agosto de 2011

Poor, but with dignity (parte dos)

Hola queridos amigos. Disculpen que los he dejado esperando una nueva entrega de este folletín algo discontinuo dedicado a la exaltación del buen gusto y los must be de la vida del hombre moderno. Me han comentado que algunos lectores han padecido por la abstinencia, incluso desarrollando indisposiciones psicosomáticas como la ceborrea y los sabañones. Pero aquí estoy nuevamente para parlarles un rato sobre el tema que habíamos dejado inconcluso la vez pasada: cómo lucir dignamente sin patinarnos toda la biyuya de la quincena y la jubileta del nono, ambas inclusive.

Había quedado en pasarles algunos consejos, de esos que sólo un buen amigo da, en materia de camisas. Hoy ando con el trastorno obsesivo compulsivo a flor de piel, así que los repasaremos cual listita de mandados.

Tela: Un error harto común en la elección de la camisa, es recurrir a ejemplares confeccionados en infausta mezcla de polyéster. Escuché en ocasiones tipos justificarse de semejante sacrilegio invocando la mayor facilidad para el planchado, pero todos sabemos que detrás de la opción por el horripilante material sintético se esconde simplemente la tacañería y el gusto poco educado. El polyéster no es sólo un género estéticamente cuestionable, sino que en verano contribuye a una mayor sudoración, generando una sputza que te la voglio dire. Por eso, si no quiere ser discriminado de la barra por maloliente y berreta, compre solo camisas de puro algodón, no acepte imitaciones. Por menos de $ 200 pueden conseguirse, por ejemplo, en Zara.

Todo mal: color verde super grasún, cuello enorme y cerrado
Color: Es típico del arrabalero irreparable utilizar camisas de colores fuertes como el naranja, el violeta oscuro, el verde musgo o el negro. Para ahorrarle tiempo en explicaciones innecesarias, se lo digo sin más preámbulos: jamás pero jamás use esos colores, y menos que menos con corbata. El negro es eventualmente aceptable si y sólo si Ud. es un capo mafia, un tanguero o un hombre de la noche. En cualquier comercio de barrio, tienda o supermercado pueden encontrarse los tres únicos colores de camisa que le evitarán parecer el tío borracho de las fiestas de casamiento: blanco, celeste y rosa pálido (en ese orden de preferencia). En todos los casos, la camisa siempre debe ser de un tono más claro que la corbata. Si los colores lisos le parecen un poco aburridos, puede darle vuelo a su imaginación recurriendo a telas con alguna trama, a las rayas o a los cuadros, siempre cuidando que las rayas no sean muy gruesas, porque en tal caso se asemejará a un cajero de esos comederos que expenden sánguches de hamburguesa con papas fritas.

Con ustedes, el cuello italiano
Cuello: El cuello de la camisa suele ser fuente de muchas desdichas. Lo principal es que tenga una buena entretela que le de volúmen y cierta rigidez, porque un cuello que se dobla demasiado es sinónimo de mala calidad y harán que Ud. se vea como un oficinista mal pago. Otra recomendación es que no sea demasiado cerrado, puesto que esos cuellos que son casi paralelos a la corbata son cosa del año del ñaupa, y gracias a Dios han quedado en desuso. En lo personal, creo que el cuello tipo italiano es una opción sumamente elegante, que lo dejarán con aspeto de miembro de la realeza, aún cuando la camisa haya sido comprada en la liquidación de Macowens. Una última recomendación es evitar combinar cuello polo (el que viene con los botoncitos) con corbata, lo cual es un imperativo categórico kantiano, del que sólo se encuentran exceptuados los Testigos de Jehová cuando salen los sábados a la mañana a interrumpir el sueño de los vecinos del barrio.

Una bonita camisa de Zara, que debe rondar las dos gambas
Corte: El corte de la camisa es algo que no tiene relación alguna con su precio, por lo que no existe sobre la faz de la Tierra excusa alguna para escaparle a las reglas básicas del buen vestir camiseril®. En primer lugar, tenga en cuenta que una buena prenda debería estilizar su figura, no hacerlo parecer un matambre ni parecer una bolsa de consorcio: ningún botón ha de quedar tirante, ni sobrar tela por los costados y la espalda formando antiestéticos bollos por arriba del pantalón. La camisa ideal debería ceñirse al cuerpo y ser levemente entallada en la cintura, cosa de remarcar la forma triangular del torso masculino, aún cuando Ud. se esté pareciendo más a una "o" en tipografía arial 10000 antes que a aquella forma geométrica. Una segunda cuestión es el largo de las mangas, que deberían sobrepasar entre uno y dos centímetros la muñeca, de modo de quedar apenas visible con el saco puesto.

Estimados míos, espero que estas breves explicaciones les hayan servido para sacarle el máximo de provecho a su presupuesto, ya sea que tengan que conformarse con una prenda industrial comprada en el supermercado, o que tengan su camisero de medida de confianza.

lunes, 1 de agosto de 2011

Pobre pero digno (part one)

Hay quien piensa que soy highlife de nacimiento, que nunca supe de que la va eso de juntar el mango para parar la olla. ¡Pero no, señor! No he tenido la fortuna de venir al mundo en familia de doble apellido al estilo Alzaga Unzué, Pereyra Iraola o Benegas Lynch. La pilcha a medida, los coches de alta gama, la maison en Barrio Norte y las noches de boite rodeado de bellas féminas son sólo gustos adquiridos merced al arduo trabajo y la fortuna. Antes de eso hube de pelarme el lomo, pasar frío y viajar en colectivo como digno proletario.

¿Y a qué viene todo este cuento? A que, para ser distinguido y cultivar el buen gusto no hace falta ser un bacanazo. Ser un laburante no tiene porqué convertirse en sinónimo de ser un grasún irredimible. Entrenando un poco el ojo y dotándose de paciencia, el buen vestir puede estar también al alcance de la clase obrera.

Lógicamente, hay que amoldar un poco las pretensiones. Un empleado de comercio con salario mínimo de convenio debe olvidarse momentáneamente de emperifollarse con ambos Super 140, timbos Salvatore Ferragamo o abrigarse con pulóveres de puro cashmere. Lo cual tampoco implica resignarse a lucir como un asalariado derrotado, de esos que pululan por el transporte público con la camisa salida del pantalón, la corbata negra deshilachada, peinado con claritos y mochila deportiva.

Hay marcas de calidad tirando a mediopelo y precio amable, que pueden ser exprimidas para obtener un look decoroso, que sobresalga del parámetro de la fashion oficinil. Ejemplos clásicos son Equus o Macowens -la cual incluso ha tratado de incursionar en un escalón levemente más alto del mercado con la marca Carven-, que vienen vistiendo a generaciones completas de empleados administrativos. En tiendas como Falabella o Zara también pueden encontrarse prendas para quedar pipícucú.

Macowens. Barato, pero decente
Carven: un poco más de precio, un poco más de onda

La cuestión es no cometer macanas elementales que llevan a cruzar la fina línea que separa al aspirante a petitero del Rey de la Bailanta®.

El primer paso es comprarse un traje como la gente. Para ello debe buscarse la etiqueta que acusa la composición de la tela con la que está confeccionado -que suele estar escondida en los bolsillos interiores, cosa que uno no la encuentre- y fijarse bien que no diga "100% polyéster", en cuyo caso debe tomarse un bidón de kerosene y un encendedor Bic, y pasarlo al masallá de la sastrería. Lo ideal sería encontrar alguno rotulado como "100% lana", pero probablemente ello implique un shot mortal al presupuesto del asalariado. Por menos de una luca se consigue alguna combineta potable de lana con escasa proporción de polyéster, o un tejido sintético de mejor calaña, como la viscosa. Importante es recordar que no todo lo que brilla es oro, y abstenerse de todo género que brille y su precio esté debajo de los dos mil quinientos pesos. Si brilla y es barato, chorrea muzzarella. Y no creo que Ud. desee verse como un cadete de policía en día libre -creáme que se ven muy mal, o tome el subte B en la estación Villa Ortúzar y compruébelo con sus propios ojos- o un pseudo coiffeur de alguna zona relegada del conurbano profundo. 

Después está el tema del color. ¿Quién dijo que el negro es chic? ¿El tipo que cubre eventos para la revista Pronto? Está todo dicho... El negro debe ser rechazado por las mismas razones que el brillo: si el piné no le da para entrar en Ermenegildo Zegna, mejor absténgase. Colores como el gris oscuro o el azul son mucho más elegantes, y si tienen alguna raya delgada levemente a contratono, le darán un toque de moderada originalidad. 

Finalmente, queda la cuestión del corte. Una metida de pata muy común consiste en ponerse el ambo así como está, sin ningún arreglo. Pero, a menos que Ud. sea el hijo de la señora que hace la moldería, lo más probable es que le quede para el upite. No hay nada más feo que esos sacos que parecen una bolsa de consorcio, o esos pantalones que forman un acordeón sobre el zapato. Hasta la casa más zaparrastrosa suele ofrecer la posibilidad de hacer algún ajuste, si se insiste lo suficiente. La idea es que el saco marque un poco la cintura y quede ajustado al cuerpo. Su largo no debería superar el de los pulgares de las manos colgando a los lados de cuerpo. ¡No es tan facilonga la cosa, eh! Y los pantalones deberían seguir en línea recta la cadera y llegar hasta el taco por atrás y hacer por delante hacer un único pliegue sobre el empeine, cubriendo los cordones del zapato.

¡Puf! Me cansé de dar asesoramiento gratuito. La próxima la seguimos con otras reglas de cumplimiento obligatorio en materia de camisas y corbatas. Quizá en algún momento también tengamos tiempo de analizar el peliagudo asunto de la ropa sport. Ahora los dejo mirando la novela con la patrona, que yo me tengo que ir a jugar al póker con los muchachos.

¡Ci vediamo!

domingo, 17 de julio de 2011

Con los pies sobre la tierra

Los detalles no son todo, pero marcan la diferencia. Soy de la clase de personas que piensan que un morfadero no se puede considerar high class si, por ejemplo, permite que las toallas se desparramen en el piso del toilette. O que una dentadura amarillenta y mal alineada puede convertir, ipso facto, a una bella y sensual señorita en un bofe mal cocido incapaz de generar el más mínimo impulso libidinoso. Del mismo modo, la diferencia entre un gentleman y un aspirante a linyera puede radicar simplemente en sus zapatos.

Noseporqué, pero mucha gente no le da al calzado la importancia que se merece. O si le da importancia, es simplemente para asegurarse que sea cómodo y no le apriete los juanetes. Pero, ¿qué clase de razonamiento es ese? Si en la vida todo pasase por el confort, sería lícito que las mujeres anduviesen de batón floreado y los hombres de chancletas. Evidentemente hay otros factores que pesan al momento de empilcharse, y de entre ellos la elegancia no es de los menos relevantes.

Señora: no le permita esto a su marido
Hay tipos que arruinan un outfit decente por todo lo demás, combinándolo con esos zapatotes horrorosos que venden en los supermercados. Por las calles del microcentro se ve mucho ese fenómeno: oficinistas con trajes baratos pero dignos, que demuestran la infelicidad de sus existencias -dado que hubieran preferido triunfar como goleadores en el football de las Islas Feroe o tocando el bombo en un conjunto folclórico antes que como jefes de contabilidad en una fábrica de rulemanes- a través de unas canoas espantosas de punta cuadrada con suela de goma y cámara de aire. Otro clásico son los alegres vejetes de camisa y jeans que quieren darse un touch de juventud recurriendo a zapatillas colorinches con resortes, de esas que usan los delincuentes juveniles.

De lo dicho, podrá Ud., estimado lector, extraer las dos primeras lecciones en materia de calzado: 1) Que un traje va preferentemente con zapatos de suela natural y punta estrecha -no hasta el punto de estrujar los dedos, por supuesto- o, a lo sumo, con suela de goma delgada, de no más de medio centímetro -hágame caso, vaya siempre a la zapatería con un regla, una cinta métrica u otro instrumento de medición-. 2) Que un blue jean, unos náuticos o un pantalón de gabardina no pueden ser jamás utilizados con calzado deportivo -en realidad, el calzado deportivo no debería ser utilizado nunca por un homo sapiens, excepto para la función específica para la que fue creado, esto es, hacer deporte-.

Incorporados estos dos primeros conceptos elementales, podemos pasar a algunas recomendaciones más específicas.

Así, para una ocasión formal peronotanto -digamos un almuerzo de negocios, pero no una gala en el Teatro Colón- podría recurrirse a un traje azul de pura lana con zapatos en dos tonos de marrón o, si el presupuesto lo permite, unos en cuero de pata de avestruz muy mononos que he visto en Mc Shoes:

Compre estos: las mujeres caerán rendidas a sus pies

Recomendado del Dr. Merengue: tengo unos igualitos a estos, de Oggi
La onda cashual es quizá un poco más complicada, porque muchos hombres descarriados tienen tendencia a caer bajo el canto de sirena de adefesios creados por Nike, zapatillas para gente que anda en patineta, o cosas por el estilo. En mi humilde opinión, el margen de error se puede reducir yendo a lo seguro: mocasines o zapatos náuticos. Este tipo de calzado no tiene por qué ser aburrido, y así hay opciones en piel de reptil o colores como el azul o el celeste -del verde loro, por favor abstenerse-, a saber:

Dos variantes de mocasines Guido que lo convertirán en un tipo canchero
Náuticos de Hush Puppies, no se si en la imagen se aprecia su bello color azul
Bueno estimado amigo, creo que con lo dicho hasta aquí le he dado algunas herramientas fundamentales para no pasar papelones por andar con las pantuflas Sufflé del nono o espantar a una señorita por caer con Adilettes en la primera cita. Si le queda alguna duda, puede buscar mi número en la guía telefónica o esperar hasta la próxima entrega. ¡Arrivederci!