martes, 16 de agosto de 2011

Poor, but with dignity (parte dos)

Hola queridos amigos. Disculpen que los he dejado esperando una nueva entrega de este folletín algo discontinuo dedicado a la exaltación del buen gusto y los must be de la vida del hombre moderno. Me han comentado que algunos lectores han padecido por la abstinencia, incluso desarrollando indisposiciones psicosomáticas como la ceborrea y los sabañones. Pero aquí estoy nuevamente para parlarles un rato sobre el tema que habíamos dejado inconcluso la vez pasada: cómo lucir dignamente sin patinarnos toda la biyuya de la quincena y la jubileta del nono, ambas inclusive.

Había quedado en pasarles algunos consejos, de esos que sólo un buen amigo da, en materia de camisas. Hoy ando con el trastorno obsesivo compulsivo a flor de piel, así que los repasaremos cual listita de mandados.

Tela: Un error harto común en la elección de la camisa, es recurrir a ejemplares confeccionados en infausta mezcla de polyéster. Escuché en ocasiones tipos justificarse de semejante sacrilegio invocando la mayor facilidad para el planchado, pero todos sabemos que detrás de la opción por el horripilante material sintético se esconde simplemente la tacañería y el gusto poco educado. El polyéster no es sólo un género estéticamente cuestionable, sino que en verano contribuye a una mayor sudoración, generando una sputza que te la voglio dire. Por eso, si no quiere ser discriminado de la barra por maloliente y berreta, compre solo camisas de puro algodón, no acepte imitaciones. Por menos de $ 200 pueden conseguirse, por ejemplo, en Zara.

Todo mal: color verde super grasún, cuello enorme y cerrado
Color: Es típico del arrabalero irreparable utilizar camisas de colores fuertes como el naranja, el violeta oscuro, el verde musgo o el negro. Para ahorrarle tiempo en explicaciones innecesarias, se lo digo sin más preámbulos: jamás pero jamás use esos colores, y menos que menos con corbata. El negro es eventualmente aceptable si y sólo si Ud. es un capo mafia, un tanguero o un hombre de la noche. En cualquier comercio de barrio, tienda o supermercado pueden encontrarse los tres únicos colores de camisa que le evitarán parecer el tío borracho de las fiestas de casamiento: blanco, celeste y rosa pálido (en ese orden de preferencia). En todos los casos, la camisa siempre debe ser de un tono más claro que la corbata. Si los colores lisos le parecen un poco aburridos, puede darle vuelo a su imaginación recurriendo a telas con alguna trama, a las rayas o a los cuadros, siempre cuidando que las rayas no sean muy gruesas, porque en tal caso se asemejará a un cajero de esos comederos que expenden sánguches de hamburguesa con papas fritas.

Con ustedes, el cuello italiano
Cuello: El cuello de la camisa suele ser fuente de muchas desdichas. Lo principal es que tenga una buena entretela que le de volúmen y cierta rigidez, porque un cuello que se dobla demasiado es sinónimo de mala calidad y harán que Ud. se vea como un oficinista mal pago. Otra recomendación es que no sea demasiado cerrado, puesto que esos cuellos que son casi paralelos a la corbata son cosa del año del ñaupa, y gracias a Dios han quedado en desuso. En lo personal, creo que el cuello tipo italiano es una opción sumamente elegante, que lo dejarán con aspeto de miembro de la realeza, aún cuando la camisa haya sido comprada en la liquidación de Macowens. Una última recomendación es evitar combinar cuello polo (el que viene con los botoncitos) con corbata, lo cual es un imperativo categórico kantiano, del que sólo se encuentran exceptuados los Testigos de Jehová cuando salen los sábados a la mañana a interrumpir el sueño de los vecinos del barrio.

Una bonita camisa de Zara, que debe rondar las dos gambas
Corte: El corte de la camisa es algo que no tiene relación alguna con su precio, por lo que no existe sobre la faz de la Tierra excusa alguna para escaparle a las reglas básicas del buen vestir camiseril®. En primer lugar, tenga en cuenta que una buena prenda debería estilizar su figura, no hacerlo parecer un matambre ni parecer una bolsa de consorcio: ningún botón ha de quedar tirante, ni sobrar tela por los costados y la espalda formando antiestéticos bollos por arriba del pantalón. La camisa ideal debería ceñirse al cuerpo y ser levemente entallada en la cintura, cosa de remarcar la forma triangular del torso masculino, aún cuando Ud. se esté pareciendo más a una "o" en tipografía arial 10000 antes que a aquella forma geométrica. Una segunda cuestión es el largo de las mangas, que deberían sobrepasar entre uno y dos centímetros la muñeca, de modo de quedar apenas visible con el saco puesto.

Estimados míos, espero que estas breves explicaciones les hayan servido para sacarle el máximo de provecho a su presupuesto, ya sea que tengan que conformarse con una prenda industrial comprada en el supermercado, o que tengan su camisero de medida de confianza.

lunes, 1 de agosto de 2011

Pobre pero digno (part one)

Hay quien piensa que soy highlife de nacimiento, que nunca supe de que la va eso de juntar el mango para parar la olla. ¡Pero no, señor! No he tenido la fortuna de venir al mundo en familia de doble apellido al estilo Alzaga Unzué, Pereyra Iraola o Benegas Lynch. La pilcha a medida, los coches de alta gama, la maison en Barrio Norte y las noches de boite rodeado de bellas féminas son sólo gustos adquiridos merced al arduo trabajo y la fortuna. Antes de eso hube de pelarme el lomo, pasar frío y viajar en colectivo como digno proletario.

¿Y a qué viene todo este cuento? A que, para ser distinguido y cultivar el buen gusto no hace falta ser un bacanazo. Ser un laburante no tiene porqué convertirse en sinónimo de ser un grasún irredimible. Entrenando un poco el ojo y dotándose de paciencia, el buen vestir puede estar también al alcance de la clase obrera.

Lógicamente, hay que amoldar un poco las pretensiones. Un empleado de comercio con salario mínimo de convenio debe olvidarse momentáneamente de emperifollarse con ambos Super 140, timbos Salvatore Ferragamo o abrigarse con pulóveres de puro cashmere. Lo cual tampoco implica resignarse a lucir como un asalariado derrotado, de esos que pululan por el transporte público con la camisa salida del pantalón, la corbata negra deshilachada, peinado con claritos y mochila deportiva.

Hay marcas de calidad tirando a mediopelo y precio amable, que pueden ser exprimidas para obtener un look decoroso, que sobresalga del parámetro de la fashion oficinil. Ejemplos clásicos son Equus o Macowens -la cual incluso ha tratado de incursionar en un escalón levemente más alto del mercado con la marca Carven-, que vienen vistiendo a generaciones completas de empleados administrativos. En tiendas como Falabella o Zara también pueden encontrarse prendas para quedar pipícucú.

Macowens. Barato, pero decente
Carven: un poco más de precio, un poco más de onda

La cuestión es no cometer macanas elementales que llevan a cruzar la fina línea que separa al aspirante a petitero del Rey de la Bailanta®.

El primer paso es comprarse un traje como la gente. Para ello debe buscarse la etiqueta que acusa la composición de la tela con la que está confeccionado -que suele estar escondida en los bolsillos interiores, cosa que uno no la encuentre- y fijarse bien que no diga "100% polyéster", en cuyo caso debe tomarse un bidón de kerosene y un encendedor Bic, y pasarlo al masallá de la sastrería. Lo ideal sería encontrar alguno rotulado como "100% lana", pero probablemente ello implique un shot mortal al presupuesto del asalariado. Por menos de una luca se consigue alguna combineta potable de lana con escasa proporción de polyéster, o un tejido sintético de mejor calaña, como la viscosa. Importante es recordar que no todo lo que brilla es oro, y abstenerse de todo género que brille y su precio esté debajo de los dos mil quinientos pesos. Si brilla y es barato, chorrea muzzarella. Y no creo que Ud. desee verse como un cadete de policía en día libre -creáme que se ven muy mal, o tome el subte B en la estación Villa Ortúzar y compruébelo con sus propios ojos- o un pseudo coiffeur de alguna zona relegada del conurbano profundo. 

Después está el tema del color. ¿Quién dijo que el negro es chic? ¿El tipo que cubre eventos para la revista Pronto? Está todo dicho... El negro debe ser rechazado por las mismas razones que el brillo: si el piné no le da para entrar en Ermenegildo Zegna, mejor absténgase. Colores como el gris oscuro o el azul son mucho más elegantes, y si tienen alguna raya delgada levemente a contratono, le darán un toque de moderada originalidad. 

Finalmente, queda la cuestión del corte. Una metida de pata muy común consiste en ponerse el ambo así como está, sin ningún arreglo. Pero, a menos que Ud. sea el hijo de la señora que hace la moldería, lo más probable es que le quede para el upite. No hay nada más feo que esos sacos que parecen una bolsa de consorcio, o esos pantalones que forman un acordeón sobre el zapato. Hasta la casa más zaparrastrosa suele ofrecer la posibilidad de hacer algún ajuste, si se insiste lo suficiente. La idea es que el saco marque un poco la cintura y quede ajustado al cuerpo. Su largo no debería superar el de los pulgares de las manos colgando a los lados de cuerpo. ¡No es tan facilonga la cosa, eh! Y los pantalones deberían seguir en línea recta la cadera y llegar hasta el taco por atrás y hacer por delante hacer un único pliegue sobre el empeine, cubriendo los cordones del zapato.

¡Puf! Me cansé de dar asesoramiento gratuito. La próxima la seguimos con otras reglas de cumplimiento obligatorio en materia de camisas y corbatas. Quizá en algún momento también tengamos tiempo de analizar el peliagudo asunto de la ropa sport. Ahora los dejo mirando la novela con la patrona, que yo me tengo que ir a jugar al póker con los muchachos.

¡Ci vediamo!

domingo, 17 de julio de 2011

Con los pies sobre la tierra

Los detalles no son todo, pero marcan la diferencia. Soy de la clase de personas que piensan que un morfadero no se puede considerar high class si, por ejemplo, permite que las toallas se desparramen en el piso del toilette. O que una dentadura amarillenta y mal alineada puede convertir, ipso facto, a una bella y sensual señorita en un bofe mal cocido incapaz de generar el más mínimo impulso libidinoso. Del mismo modo, la diferencia entre un gentleman y un aspirante a linyera puede radicar simplemente en sus zapatos.

Noseporqué, pero mucha gente no le da al calzado la importancia que se merece. O si le da importancia, es simplemente para asegurarse que sea cómodo y no le apriete los juanetes. Pero, ¿qué clase de razonamiento es ese? Si en la vida todo pasase por el confort, sería lícito que las mujeres anduviesen de batón floreado y los hombres de chancletas. Evidentemente hay otros factores que pesan al momento de empilcharse, y de entre ellos la elegancia no es de los menos relevantes.

Señora: no le permita esto a su marido
Hay tipos que arruinan un outfit decente por todo lo demás, combinándolo con esos zapatotes horrorosos que venden en los supermercados. Por las calles del microcentro se ve mucho ese fenómeno: oficinistas con trajes baratos pero dignos, que demuestran la infelicidad de sus existencias -dado que hubieran preferido triunfar como goleadores en el football de las Islas Feroe o tocando el bombo en un conjunto folclórico antes que como jefes de contabilidad en una fábrica de rulemanes- a través de unas canoas espantosas de punta cuadrada con suela de goma y cámara de aire. Otro clásico son los alegres vejetes de camisa y jeans que quieren darse un touch de juventud recurriendo a zapatillas colorinches con resortes, de esas que usan los delincuentes juveniles.

De lo dicho, podrá Ud., estimado lector, extraer las dos primeras lecciones en materia de calzado: 1) Que un traje va preferentemente con zapatos de suela natural y punta estrecha -no hasta el punto de estrujar los dedos, por supuesto- o, a lo sumo, con suela de goma delgada, de no más de medio centímetro -hágame caso, vaya siempre a la zapatería con un regla, una cinta métrica u otro instrumento de medición-. 2) Que un blue jean, unos náuticos o un pantalón de gabardina no pueden ser jamás utilizados con calzado deportivo -en realidad, el calzado deportivo no debería ser utilizado nunca por un homo sapiens, excepto para la función específica para la que fue creado, esto es, hacer deporte-.

Incorporados estos dos primeros conceptos elementales, podemos pasar a algunas recomendaciones más específicas.

Así, para una ocasión formal peronotanto -digamos un almuerzo de negocios, pero no una gala en el Teatro Colón- podría recurrirse a un traje azul de pura lana con zapatos en dos tonos de marrón o, si el presupuesto lo permite, unos en cuero de pata de avestruz muy mononos que he visto en Mc Shoes:

Compre estos: las mujeres caerán rendidas a sus pies

Recomendado del Dr. Merengue: tengo unos igualitos a estos, de Oggi
La onda cashual es quizá un poco más complicada, porque muchos hombres descarriados tienen tendencia a caer bajo el canto de sirena de adefesios creados por Nike, zapatillas para gente que anda en patineta, o cosas por el estilo. En mi humilde opinión, el margen de error se puede reducir yendo a lo seguro: mocasines o zapatos náuticos. Este tipo de calzado no tiene por qué ser aburrido, y así hay opciones en piel de reptil o colores como el azul o el celeste -del verde loro, por favor abstenerse-, a saber:

Dos variantes de mocasines Guido que lo convertirán en un tipo canchero
Náuticos de Hush Puppies, no se si en la imagen se aprecia su bello color azul
Bueno estimado amigo, creo que con lo dicho hasta aquí le he dado algunas herramientas fundamentales para no pasar papelones por andar con las pantuflas Sufflé del nono o espantar a una señorita por caer con Adilettes en la primera cita. Si le queda alguna duda, puede buscar mi número en la guía telefónica o esperar hasta la próxima entrega. ¡Arrivederci!

lunes, 4 de julio de 2011

Fútbol, pasión de multitudes

Días atrás una reconocida firma de ropa deportiva -cuyo nombre no será mencionado debido a que no pudimos acordar el correspondiente cachet- me invitó a la presentación de unos productos con la excusa del inminente inicio de un torneo continental de football. En medio de los flashes, las bellas mujeres y el bochinche que suele acaparar ese tipo de eventos, uno de los contertulios se acercó para pedir mi opinión sobre el estado actual del popular deporte. Si bien en un primer momento pretendí evadir la pregunta dado que, desde la desaparición del glorioso Atlético Cipolletti de los primeros planos del fútbol nacional, no hay nada verdaderamente interesante para comentar en el panorama futbolístico local, la insistencia de los parroquianos finalmente me persuadió de solicitar al discjockey que baje la música para disertar unos minutos.
El "Bambi" Veira, "Llamarada" Eresuma, Miguel Angel Díaz y Carlos Martinoli, glorias del Cipolletti que goleó a Boca en el Nacional '77

Aclarado que no hablaría del paupérrimo presente de la selección argentina, ni del descenso de River Plate a la segunda división, me dediqué a exponer sobre la evidente decadencia del balompié como espectáculo en general y, en particular, la degradación estética que ha sufrido a lo largo de las décadas. Comencé recordando los tiempos en que el football era una pasión genuinamente popular que convocaba a multitudes que se deleitaban sanamente con la destreza de los players y el juego vistoso de los equipos que recurrían a la táctica 2-3-5 -dos backs, dos half por las bandas, un centrojás, dos wings, dos insiders y un centro forward-. En esa época el público asistía a los estadios de traje, corbata y sombrero, los conjuntos deportivos no estaban afeados por la publicidad y los jugadores se peinaban con gomina Brancato -nada de claritos, crestas ni otros engendros capilares de masculinidad dudosa-.

La "Máquina" de River: la era de oro del football
Con el transcurrir de los años, la decadencia generalizada de la sociedad también alcanzó al fútbol. El poder y dinero lo corrompieron. Los clubs fueron usurpados por bandas de mafiosos ávidas de lucrar con la pasión de los hinchas, aunque ello implicara desangrar las instituciones con sus turbios negocios. Las gradas se poblaron de energúmenos, de profesionales de la violencia al servicio del delito más vulgar y la política de baja estofa, que espantaron a las gentes de bien que sólo pretendían unos momentos de dispersión en familia. La estética futbolera se marginalizó al ritmo de la "cultura del aguante" promovida desde la prensa demagógica, la desesperación de los equipos por generar ingresos a través de la publicidad más grotesca -que compensara la depredación consumada por los dirigentes- y la debacle en la educación y los valores de todos quienes rodean al otrora bello deporte. De más está decir que los partidos perdieron paulatinamente su atractivo, y de ballets coronados por cataratas de goles devinieron en virtuales guerras, bodrios acaparados por el ceroacero y el pelotazo a la tribuna.

Nike tiene la culpa de haber convertido al sobrio botín negro en calzado apto para conjuntos de cumbiavillera
Talleres de Córdoba luciendo avisos clasificados en su camiseta
Afortunadamente, todavía queda alguna cosita de vez en vez que justifica encender la tevé o pagar una entrada. El pintoresco team uruguayo del último mundial, que a base de descaro y garra charrúa se ganó el cariño del mundo entero puede ser un buen ejemplo. A nivel individual, aún quedan personajes queribles como el Titán Palermo o el Loquito Abreu. En cuanto al aspecto estético, es bien poco lo que ha quedado, pero por ahí circula gente elegante como Pep Guardiola o Sir Alex Ferguson, y muy esporádicamente alguna firma de indumentaria sorprende con un diseño sobrio como el de las camisas con que Puma vistió a algunos equipos a principios de la década pasada.
Casaca suplente de Rosario Central, temporada 2002/2003: fútbol con botones
Pep Guardiola: un dandy en el banco de suplentes
Dicho lo cual, agradecí los aplausos, terminé mi Martini draidrai y partí raudo hacia otros menesteres, no sin antes pronosticar una interesante actuación de Crucero del Norte en el próximo Torneo Argentino A y recordar que por ninguna razón del mundo un hombre puede utilizar pantalones largos sin calcetines.

viernes, 24 de junio de 2011

Ensalada setentera: Boney M + moda disco

Encontrábame hace un tiempo dispuesto a manducar un choripán a eso de las tres de la mañana en un puesto de la Costanera Norte cuando de pronto me vi inmerso en una situación singular. Una suerte de realidad paralela donde todo resultaba factible, y en un quiebre espaciotemporal un enajenado parrillero visiblemente afectado por el consumo de sustancias alucinógenas trasmutó en discjockey poseído por la fiebre disco convirtiendo el lugar en una pista de baile que vibró al ritmo de Boney M.

Muchos de ustedes quizás preguntarán: ¿qué catzo es Boney M?

Pues bien, para los que no lo saben, se trata de uno de los más improbables engendros que viera nacer la industria musical, antes de que la democratización de las maquinitas pusiera el punchi-punchi al alcance de cualquier neófito.

La historia es más o menos así: a mediados de los años '70 -en pleno furor de las bolas de espejo, los pantalones oxford y los peinados afro- a un pícaro productor discográfico teutón de nombre Frank Farian se le ocurrió armar un grupo de disco music en el laboratorio, reventar las boites de toda Europa y levantarla en pala en la volteada. Para darle apariencia de veracidad a la cuestión, contrató a tres morenas caribeñas con pinta de azafatas de alguna aerolínea africana de la época, y a un inmigrante arubeño conocido como Bobby Farrell, con poco talento para el canto pero con mucho carisma y una llamativa habilidad para el baile. El éxito sonrió a la pintoresca troupe, y durante unos buenos años cosecharon los dividendos de su irresistible combinación de ritmos pegadizos, vestuarios imposibles y bizarro sex appeal.

Para que la dama y el caballero que visitan esta humilde morada capten de que estoy parlando, van tres ejemplos, a saber:

 
Rasputín: Esto es lo que estaba pasando el deejay choripanero esa fría madrugada que cambió mi vida. Le gustó hasta al proletario soviético, que para bailarla debía llenar un formulario y solicitar permiso al Politburó.

Gotta go home: El diccionario de la Real Academia remite a este video cuando uno busca la definición de kitsch. Pero la mezcolanza bávaro-afro-caribeña es tan pegadiza que mis informantes dicen que todavía hace roncha entre la juventud en su versión remixada.

 
Sunny:  Esta canción me parece genial posta posta. Sonido seventie con aire, dirección, tapizado de cuero y todos los accesorios. Me encantan los violines al punto de darme ganas de comprar una coupé Torino e ir a cenar a Los Platitos.

*****

Dejando de lado la cuestión musical, y dado que la muchachada se desgañita pidiéndome que hable de pilcha porque no sabe qué ponerse el fin de semana, aprovecho la ocasión para revolver el arcón de los recuerdos y sacar de él a la moda disco y tirarles un par de fijas inspirándome en ella.

Sabrán Uds. que los años '70 fueron de lo más delirante que recuerde la humanidad en materia de moda, al menos después del período barroco y la fashion prehistórica de salir a cazar mamuts con un hueso en la cabeza. Fue un período propicio para la exageración: hombreras colosales, zapatos con plataformas, lentejuelas, estampados inverosímiles, volados y una inacabable lista de etcéteras. El hombre portaba mostacho imponente, patillas, gafas oscuras, pantalones ajustados a la cintura, traje tres piezas con solapas enormes y camisas con cuellos desmesurados y hasta jabot en los casos más graves.

Chic, otro conjunto musical emblemático de la era disco, haciendo gala de la elegancia de la época.
Ahora bien, si hay algo rescatable del período para que el caballero se tire encima sin correr riesgo de que le ofrezcan conchabo de payaso en el Circo Rodas, es el traje de tres piezas -pantalón, saco y chaleco- aunque siempre con solapa acorde al siglo XXI y omitiendo las patas de elefante. Si al conjunto se le agrega pañuelito en el bolsillo, su feliz portador habrá de contratar secretaría para atender los llamados de las señoritas del vecindario. Así queda contemporáneo y monono, para el Ricardo Montalbán de los tiempos que corren:


Por el lado de las féminas, no hay una única tendencia que pueda caracterizar a la onda disco. Como siempre, el bello sexo se empilcha con cualquier cosa -o mejor aún, con nada- y nos deja patitiesos. Si tuviera que elegir algo representativo, me quedo con las hombreras, los brillos y los enterizos. Precisamente ésto último es lo que hoy voy a recomendar a las señoritas que me leen para que seduzcan a sus galanes. El "mono" me parece una prenda de lo más sensual y femenina. Resalta la forma curvilínea del cuerpo mujeril, es sencillo y sofisticado. Haganme caso: pruébenlo y gustarán. O al menos me gustarán a mi, que no es poca cosa.

Los setentas: el Reino de los Monos (¡que no es lo mismo que El Planeta de los Simios!)
Un moderno y monono mono que vi por ahí.


lunes, 13 de junio de 2011

"Padre, he pecado"

Se perfectamente que hay ciertas cosas que un guapo de endeveras no debería hacer jamás: usar chupines de colores, comer rúcula, comprarse un Ford Ka, pasear por Palermo Whatever... Y hete aquí que, sabiéndome al dedillo los mandamientos que rigen la vida del porteño de ley, pequé igualmente y no pude evitar caer en el paseo palermitano días atrás. Para colmo, sentí horror y dudé de mi mismo al encontrarme encantado con las prendas exhibidas en cierto local, pero así fue: entré a Penguin y me gustó.

Lo de Don Juan Carlos Penguin en Palermo Calamuchita
Penguin es una marca que siempre tuve identificada con los años '70 y '80 (aunque su historia se remonta a 1955 y comienza con un vendedor perdido en Manhattan que se compró un pingüino disecado), y su retorno a las pistas me daba mala espina, porque se me hacía cosa de metrosexualizados que buscan hacerse los originales dándose un aire retro. Si bien no estaba equivocado, puesto que efectivamente Penguin mantiene una estética que nos retrotrae a los buenos viejos tiempos, en los que la idea de estar en la pomada podía ser representada por Frank Sinatra tomando un Martini después de una tarde jugando al golf -y no por un esperpento tatuado por todos lados andando en patineta, que es lo que a las jóvenes generaciones les parece muy petitero-, es justo decir que la recreación está hecha con espíritu de homenaje y no de farsa. Chusmear entre las perchas es dar una mirada irónica pero condescendiente al pasado, y no reírsele en la cara. Como mirar las fotos del nono cuando era joven y robaba suspiros en los carnavales, y sentirse un poco identificado con él.

¡Con este saco sea el alma de las fiestas!
Y de ese arcón de los recuerdos salen algunas gemas: chombas de algodón con el cuello ribeteado a contratono -muy solicitadas en los cocktails vespertinos de fines de los '50 y principios de los '60-, cardigans trenzados, sweaters a rombos y una línea de sacos que me sorprendió por la calidad de sus terminaciones. Precisamente entre esos sacos encontré la que, a mi gusto, es la perla de la colección: un saco gris de algodón, con la solapa en terciopelo negro e impecable forro en contratono, que haría roncha entre el Rat Pack. También hay una línea de ropa deportiva muy colorida, a la que sinceramente no le di mucha pelota, porque eso de andar de joggineta por la vida simplemente non mi piace.

Así que, querido lector, si a Ud. lo habita el ánimo lúdico y quiere darle un toque jovato chic a su outfit, puede darse tranquilo una vuelta por Penguin sin temor a que los muchachos de la barra se le rían en la cara ni lo rajen del boliche por impresentable.

Combinación caquera: chombra retro + hierro 7 Ben Hogan

Algunos recursos para cuando está fresco pa' chomba


viernes, 3 de junio de 2011

Descolorido paseo por Av. Santa Fe

Repeat with me:

Un día de paseo en Santa Fe,
no le hace mal a nadie ya lo se.
Mirando las vidrieras me encontré,
con una oferta aburrida y demodé.
Era toda gris y anticuada esa pilcha,
camisas apagadas y cliché.



La horrible canción pegadiza de los '70 tenía una letra levemente distinta a la transcripta supra, pero creo que esta versión describe bastante mejor mi experiencia de días atrás paseando por la coquetísima Avenida Santa Fe. Resulta que, ocupado en otros menesteres, andaba por la zona y tenía que "hacer tiempo", por lo que dediqué algunos minutos a recorrer vidrieras, en la búsqueda de esas novedades que deleitan a la afición que tan fielmente me sigue en este espacio -es decir, mi tía Lucrecia y mi perro Bobby-. Menudo chasco me llevé. Lo que suele ser un deleite para cualquier amante del buen vestir, esas cuadras que reúnen a marcas que siempre deparan sorpresas agradables como Giesso, Mc Taylor, Halsey, Rochas y Daniel Hechter, entre otras, esta vez estaba más aburrido que bancarse tres horas de cadena nacional chupando un helado de limón.

No se bien lo que ha pasado, pero la oferta de prendas invernales para hombre que lucía en las vidrieras era poco menos que depresiva. Abundancia de tonos apagados y combinaciones sosas: sacos grises con corbatas grises, con pantalones grises, con chalinas grises, con sobretodos grises y siguen las firmas. Sastrería que parecía salida de lo peor de la década de 1980: blazers amorfos, solapas sin pespunte, telas que no aparentan la mejor calidad. Hasta Halsey, que es una casa para veteranos, pero de buena calidad, ponía unos trajes que parecían salidos del Ejército de Salvación al lado de unos zapatotes espantosos de punta cuadrada y suela de goma, como los que usan esos oficinistas que llevan la adultez con disgusto. Hasta Mc Taylor -que habitualmente se engalana con vidrieras modernas y de impronta europea- parecía querer mimetizarse con la difunta Angelo Paolo. Todo muy triste, muy pobre, demasiado austero. ¿Qué cornos está pasando? ¿Dónde quedaron esos cortes estilizados, esos géneros innovadores, ese colorido atrevimiento de otras temporadas? ¿Es que acaso los comerciantes de Av. Santa Fe están conspirando secretamente para ahuyentar a la clientela?

La única etiqueta que salvaba las papas era Daniel Hechter, mostrando una sastrería contemporánea, entallada, elegante. Camisería sobria y elegante. Y un toque de atrevimiento en corbatas de colores vivos, como el naranja y el vinotinto.

En líneas generales, un fiasco que intuyo más vinculado a ciertos problemas para importar telas y prendas terminadas, que con una psicosis colectiva de diseñadores y vidrieristas. Una lástima.