miércoles, 29 de febrero de 2012

El "estilo San Isidro"

San Isidro colorido
No escapa a la distinguida audiencia de este espacio que las gentes que habitan esta gran urbe suelen aglutinarse en diferentes subgrupos, caracterizados por las más diversas razones, que les otorgan rasgos particulares que notará hasta el más caído del catre. A veces esa diferenciación puede estar dada por la común afición a cierta escuadra futbolística, otras veces al ejercicio de determinada profesión y otras tantas, por caso, al hecho de habitar en un barrio o localidad en particular. Lo cierto es que cada uno de esos grupos -o tribus, como ha dado en llamarlos la sociología vernácula con particular léxico- son perfectamente reconocibles por utilizar un lenguaje propio, compartir valores comunes o vestir de una determinada forma. Es precisamente a los códigos pilcheriles de una de estas curiosas tribus urbanas, que quiero referirme en esta oportunidad.

Señoras y señores, con ustedes: el "estilo San Isidro".

Para comenzar este pequeño ensayo de antropología urbana sobre el vestir de los habitantes del selecto distrito de la Zona Norte del conurbano bonaerense, he de prevenir al lector sobre un error común en su caracterización. Usualmente, se considera que la nota distintiva de los sanisidrenses es ser -o al menos parecer- gente bienuda. Sin embargo, he de notar que también hay ricachones -reales o aparentes- en otras zonas como la Recoleta, Belgrano R, Adrogué, Puerto Madero o en los countries de Pilar, y sin embargo claramente no se parecen a los sanisidritas. Lo que diferencia a estos últimos, entonces, no es su poder adquisitivo, sino una particular actitud que asumen frente a la vida: los quías viven en estado de permanente vacacionar. Más aún, muchos de ellos están absolutamente persuadidos de vivir cerca de la playa -pese a los casi quinientos kilómetros que los separan de la Bristol- e incluso en mitad del campo -aunque no queden en San Isidro calles de tierra, y la vaca más cercana se encuentre en la Agronomía-.

San Isidro en bermudas
A esa predisposición ociosa hay que sumarle la influencia del deporte en las costumbres sanisidrianas -principalmente el rugby y en menor medida la náutica- para explicar el overall look del parroquiano arquetípico. El sanisidrense suele lucir relajado, ligeramente desprolijo -a diferencia de sus pares de Recoleta, que intentan estar impecables en cualquier situación por más indecorosa que ésta sea- e incluso indiferente. No es extraño ver jóvenes de bermudas, ojotas, barba crecida y pelo enmarañado -eso si, de rigurosa chomba por fuera del pantalón- caminando por la Avenida del Libertador a la altura de Acassuso, o alegres jovatos de ídem bermuda -aunque en su variante de jean-, con canas peinadas hacia atrás, luciendo orgullosos zapatillas de tenis y horribles medias deportivas a la vista mientras toman un vermú en Pepino. Con todo, la imagen que caracteriza a San Isidro es la de un hombre entrando en sus cincuentas, de camisa polo, pantalones de gabardina pinzados, cinturón con guarda Pampa y zapatos náuticos.
San Isidro canchero
Como la onda en la capital del rugby es aparentar riqueza disimulándola, los sanisidrinos no son particularmente afectos a las grandes marcas. Es cierto que muchos de ellos tienen debilidad por Polo Ralph Lauren o Cardón -aunque ésta última sea más bien definitoria de otra tribu: los neoestancieros- y en otras épocas gustaban de Lacoste -hasta que fue usurpada por los cultores de la cumbiavillera- y Tommy Hilfiger -hasta que fue descubierta por los country new riches en sus sus viajes a Miami y monopolizada por ellos-, pero la verdadera marca del sanisidrero de ley es una sola, y no es particularmente cara: Legacy. Tan identificada con San Isidro está la marca, que la empresa que la produce se llama precisamente San Isidro Textil Argentina S.A., con sede en la localidad de Martínez, Partido de San Isidro. Como se ve, mucho San Isidro junto.

La pilcha de Legacy -que ilustra esta nota- no es particularmente innovadora -está a medio camino entre el estilo preppy y la típica onda telúrica vinculada al polo y lo gauchesco-, su calidad no es ni mala ni exageradamente buena, y su precio va de lo razonable a lo medio caro. En definitiva, no resaltaría por prácticamente nada si no fuera porque un municipio entero la adoptó como propia y la erigió en su bandera.
San Isidro casual
Si me preguntan, diré que en esta temporada se la jugaron un poco con el color, introduciendo algunas variantes como el turquesa o el rosado, que se combinan en forma de rombos en los clásicos sweaters o, atrevidamente, tiñen algún pantalón.

Si no me preguntan nada, diré que Legacy es una marca que nunca nos destacará ni nos dejará mal parados, pero que es el santo y seña para reconocer al auténtico estilo San Isidro.

Espero estas resumidas indicaciones les hayan servido para distinguir un genuino sanisidrense de prosapia de un advenedizo countryman, evitando con ello el escarnio público y la consecuente expulsión de los torneos de golf del Jockey Club o los tercer tiempo del CASI. 

Ci vediamo la prossima volta!

sábado, 11 de febrero de 2012

La encrucijada

Lo bueno de haber acumulado algunos años, es poder sentirse un poco protagonista de la historia. Son muchas las anécdotas que puedo contar como partícipe de inolvidables noches de parranda, o como artífice del jet set vernáculo. Pero no todo en mi vida pública ha sido frivolidad, ni puede ser contado en ligero tono de comedia. También he sido parte, jugando a veces un papel secundario y en otras con un lugar de mayor relevancia, de algunos acontecimientos políticos que marcaron un antes y después en el devenir histórico de nuestro país.

Ya les contaré la ocasión en que me designaron cónsul en Montecarlo, y de cómo ese asunto terminó prácticamente en escándalo, pero déjenme comenzar ahora con una anécdota más pequeña, pero no por ello menos trascendente, al menos en lo que a mi respecta.

Todo sucedió una fría mañana de invierno.
 
Esa mañana de junio del '66 fue una de las más frías que yo recuerde. Hacía un tornillo de esos que te hielan hasta el huesito del caracú.

Caminábamos con mi viejo por la Avenida de Mayo, pesadamente, no por el exceso de abrigo -que era mucho el que llevábamos- sino por la certeza de estar ante una de esas jornadas que ennegrecen la historia. Minutos antes habíamos pasado por la Casa de Gobierno, para expresarle a Don Arturo nuestro apoyo incondicional, y el de todos los correligionarios del comité de Villa Urquiza. Pero a esa altura, más que apoyo, lo que habíamos ido a dar era el pésame. Estaba claro que, si el último bastión de respaldo era un grupito de parroquianos de un recóndito barrio de Buenos Aires, la suerte de Don Arturo ya estaba echada. El lo sabía. De hecho, nos había despachado rápidamente, sin perder su don de gentes de toda la vida, apenas con una mueca de "ya está, que le vamo' a hacer".

Perdidos en esas sensaciones de tristeza avanzábamos por la avenida. El golpe se percibía en el aire. Casi no había tránsito, como si los conductores se hubieran confabulado también para dejar vía libre al paso de los tanques. De hecho, se especulaba hacía unos días con que estaba todo preparado para que, a la primera señal, una columna de blindados saliera desde Palermo a ahogar toda posible resistencia.

El viejo estaba particularmente acongojado, no porque fuera un acérrimo defensor de Don Arturo -en la intimidad estaba convencido de que no había dejado macana sin hacer- sino porque sentía un incontrolable desprecio hacia los militares. Años atrás, en épocas del tirano depuesto, le habían confiscado una finquita que se había comprado, con el esfuerzo de años ejerciendo como abogado de pueblo, para plantar manzanas que fermentarían la sidra a repartirse en la Fundación Eva Perón. Y el viejo no podía olvidar que sus sueños de ir a refrescar las patas a la vera del Río Negro habían sido truncados por orden del General. Ergo, para él todos los generales, coroneles, sargentos, capitanes y otros integrantes del escalafón castrense, sean del bando que fueran, y cualesquiera fuera su ideología, no eran más que viles confiscadores de sueños. Tanto odio les tenía, que incluso a mi prácticamente no me dirigió la palabra durante el año que estuve haciendo la colimba, puesto que, aún contra mi voluntad, era transitoriamente su cómplice.

La cosa es que, llegando a la calle Santiago del Estero, más o menos a la altura de los 36 Billares, los divisamos. Era un grupete de jóvenes soldados, con sus ominosos uniformes invernales, armados con fusiles, marchando a paso rítmico con dirección a la Plaza de Mayo. No debían ser más de diez. Se los notaba tranquilos, con la paz de quien cumple un trabajo de rutina. Aunque para ellos, la rutina fuese sembrar la Patria de ignominia.

Con el viejo nos miramos. Andábamos los dos calzados. Él con una Browning nuevemilímetros que se había comprado meses atrás previendo que los tiempos se vendrían espesos. Yo con un bastante menos intimidante veintidós de seis tiros, que también había llevado por si las dudas. Sabíamos que llevábamos las de perder. Sin embargo, algunas veces uno no puede rehuír a la cita con el destino. En ese momento, nuestro destino era convertirnos, quijotescamente, en barrera contra el seguro despotismo. ¿Qué importaba que nuestras chances fueran nulas? ¿Acaso la saga de los trescientos espartanos que ofrecieron su vida en las Termópilas había sido vana? ¿No había sido siempre, por cierto, la batalla entre el bien y el mal, una batalla desigual? Acá estábamos nosotros dos, representantes de los argentinos de bien que se levantan cada mañana para forjar el futuro y que desean convivir en paz, contra esos diez desgraciados, sicarios de la pérfida dictadura, oscuros peones de la barbarie, dispuestos a apagar el fuego de la libertad con el fuego de sus fusiles.

El que iba más adelantado algo percibió, porque con un rápido ademán hizo detener al grupo. Quedamos enfrentados, separados por unos diez metros de distancia, como en esas escenas de western donde los protagonistas se encuentran en los extremos de una calle polvorienta, dispuestos a un duelo que liquidará el que más rápido desenfunde el revólver.

Cruzamos nuevamente miradas con el viejo. No hicieron falta las palabras. Él apenas inclinó la frente hacia abajo asintiendo. Todas las dudas, todos los temores, quedaron de lado. Arremetimos por la avenida a toda velocidad, en la dirección en que se encontraban los soldados.

Vimos sus caras de asombro, su perplejidad, cuando pasamos a su lado a toda marcha. Recién llegando a la esquina del Congreso habremos dejado de correr. ¡Mamita, qué julepe nos pegamos!

viernes, 3 de febrero de 2012

¡No desesperen!

Queridos chichipíos, recién entro a mi casa después de unas vacaciones en la Isla Mauricio donde tuve un pequeño percance que me demoró más de la cuenta (una intoxicación con caviar beluga que casi me pasa pal' otro lao), pero no me demoro en ponerme a escribir y responder a las demandas del simpático grupo de señoritas que estaba haciendo guardia en la puerta con pancartas y aplaudiendo al grito de "¡fuerza doctor!".

En estos días habrá novedades. Historias de vida, críticas gastronómicas o recomendaciones para el buen vestir. Algo saldrá de la galera.

Por pronto cuidensén, lleven sweater de lana por si refresca y un kayak por si cae un chuvasco, que por lo que he visto, en Buenos Aires hay algunos problemitas insignificantes con el asunto de los desagües.

Ci vediamo!

Una imagen de mis vacaciones

sábado, 10 de diciembre de 2011

Cosas que Ud. jamás debería hacer

Las postrimerías del año son período pletórico de eventos sociales de todo tipo. Amén de las consabidas comilonas familiares de navidad y año nuevo, no hay empresa, asociación, grupo de amigos o sociedad de fomento que se priven de organizar una cena, entrega de premios, bailongo o reunión de algún tipo. Las hay informales, como el asado que todos los años hacemos con los muchachos del club, o más arregladas, como la cena anual de camaradería de los miembros del Colegio de Abogados de Buenos Aires (que, quienes conocen del tema, jamás osarán confundir con el mucho más prosaico Colegio Público de Abogados de la Capital Federal). Cada una de esas ocasiones tiene su etiqueta propia, que es menester respetar, para no quedar con esa amarga sensación de ser sapo de otro pozo.

Hay gente que nunca se adapta a esas reglas de etiqueta, que no son mera formalidad jurásica, sino que hablan del respeto hacia los demás contertulios y del sentido de pertenencia a un determinado ámbito. En una ínfima, pequeñísima, cantidad de casos, esa inadaptación es excentricidad, algo sólo permitido a esos fuori serie que verdaderamente se destacan en lo que hacen, esos tipos que rompieron el molde y a los que forzarlos a adaptarse a los cánones del común sería como recortarles las alas de su creatividad exuberante. Pero las más de las veces no nos encontramos frente a un Picasso, un Borges o un Reinaldo Carlos Merlo, a los que todo podría perdonárseles en virtud de su genio sin par, sino a vulgares empleados de comercio o mediocres presentadores de televisión, a los que en un arresto de divismo se les da por ponerse una camisa dorada o un traje floreado en la fiesta de quince de su sobrina. Esos ejemplos de rampante mal gusto y falta de respeto hacia el prójimo (generalmente dado por el hecho de querer resaltar por sobre el anfitrión) son pecados de lesa urbanidad que desde este espacio no voy a tolerar e insto a desterrar en todas sus formas.

Para el que todavía no se haya dado una idea de la clase de abominaciones de las que estoy parlando, acá les dejo un par de ejemplos particularmente desafortunados, que una fiel lectora me hiciera llegar por correo para ilustrar esta nota.

Caso 1: La Pantera Rosa

De este señor, sólo se que parece ser el eslabón perdido entre el glorioso Ramón Díaz y el querido Banana Pueyrredón, aunque probablemente carezca de la genialidad de cualquiera de los dos. La inabarcable fealdad del color del traje, digno de la muñeca Barbie pero no de un ser humano, casi hace que pasen desapercibidos otros detalles del infinito mal gusto de este muchacho. En primer lugar, la textura de la tela con la que está confeccionado el atuendo, clásica de los brillosos acolchados de albergue transitorio de los años '80, a lo que se le suma lo apretado del pantalón, que me hace presumir que el susodicho terminó la velada con necrosis en las piernas por la falta de circulación de sangre. Sinceramente, espero que la cosa no haya revestido mayor gravedad, porque desde aquí jamás deseo el mal a nadie.

Los zapatos merecen un párrafo aparte. Salvando que obviamente el ¿traje? no combina con ningún calzado creado por el hombre hasta el momento, recomendaría que se guarde estos timbos para las clases de tap con el Dr. Cormillot y haga el favor de no usarlos nunca más para salir a cenar.

Creo que lo único rescatable para nuestro amigo esa noche fue el platazo de ravioles que se mandó antes de llegar, evidenciado por la típica pose "me desabrocho el saco porque me revienta la zapán".


Caso 2: El hombre de negro

Lo único que se de este joven es que, antes de sacarse la foto, tuvo un accidente casero con una instalación eléctrica en mal estado, lo que explica los pelos parados y la cara de no haber podido dormir la noche anterior. Al no poder obtener un peinado normal, quiso disimular el cabello quemado aplicando aceite Patito, pero el experimento resultó fallido, redondeando un look sucio, grasiento y desprolijo.

El segundo problema que tuvo es haber confiado en Tony, su peluquero de toda la vida, cuando le dijo "el negro es elegante". En efecto, el negro es considerado un color elegante principalmente por las personas que carecen de elegancia. Así y todo, el saco podría haber sido presentable si se lo hubiera puesto con un pantalón del mismo traje y no con uno de un tono levemente distinto que le pidió prestado a un vecino. Lo que es imperdonable es la camisa negra que, como lo vengo repitiendo hace años, sólo puede ser usada por tangueros y mafiosos, siendo que a este quía no lo conocen en La Viruta ni en Reincidencia, por lo que no es ni una cosa ni la otra.

Para terminar de ponerle una mancha negra a su noche, nuestro amigo abusó del uso de pañuelos. Un pañuelo en el bolsillo está bien (al menos cuando es a contratono del saco, y no del mismo color como aquí), pero ¿agregarle uno en el cuello? ¿Qué necesidad tiene este hombre de andar con dos pañuelos? Por el overall look, me atrevería a pensar que este individuo estaba pensando en sonarse la nariz con alguno de ellos. Totalmente desagradable.

Caso 3: No todo lo que brilla es oro


A diferencia de los dos jóvenes anteriores, que eran ilustres desconocidos, a éste si lo conozco. Lo que no sabía de Don Marley era de su desbocado fanatismo por Michael Jackson, que lo llevó a comprar uno de sus sacos en una subasta y ponérselo para una cena, pese a que le quedaba evidentemente corto. Sin embargo, sabemos que son muchas las diferencias entre el simpático conductor televisivo y el malogrado Rey del Pop. En primer lugar, Michael Jackson era un eximio bailarín, mientras que Alejandro Wiebe es conocido por ser un chambonazo que anda por la vida tropezándose con todo a su paso. En segundo lugar, mientras Michael arruinó su cuerpo tratando de blanquear su piel, renegando de sus raíces negras, a Marley le pasa exactamente lo contrario, tratando de ocultar sus pálidos genes centroeuropeos mediante el abuso de la cama solar. Pero volviendo al tema que nos convoca, debo insistir en que Michael Jackson podía ponerse ese horrible saco de lentejuelas porque era un distinto en casi todas las acepciones del término, mientras que Marley lleva bien su papel de pavote simpático y nada más.

Otro error notable para destacar en el outfit del conductor de recordados éxitos como "Teleshow" y "Por el mundo" es el pantalón: le queda grande, está torcido y le hace una fea arruga sobre los zapatos. Si se cae así a la gala de fin de año de la Sociedad Numismática, lo mandamos de vuelta para la casa de un puntinazo. El asunto de la corbata tampoco lo quiero dejar pasar. La regla de oro es que la corbata debe contrastar con la camisa. En este caso no sólo la corbata no contrasta con la camisa, sino que se confunde con ella por ser del mismo color. ¿Para qué catzo se la puso si no quería que se notara? Yo, en su lugar, hubiera donado el saco al Salón de la Fama del Rock & Roll y probado con una corbata azul eléctrico. Está bien que gustos son gustos, pero algunos son mejores que otros.

Por último, y esta no es una crítica tanto para el bueno de Marley, sino para los fotógrafos que lo agarraron en un momento incómodo. Muchachos, ¿no le vieron la cara? ¿Les parece bien andar embromando a la gente cuando se le revuelven las tripas y no da más por llegar al toilette?

Bueno gente, espero este repaso les haya sido útil para saber cómo jamás, pero jamás (¡pero jamás, eh!) tienen que vestirse para ir a un evento social. Recuerden que la línea que separa la originalidad del ridículo es muy delgada, y es difícil pegar la vuelta una vez que se la cruzó. Ahora los dejo porque una amiga me está esperando y el champú está tomando temperatura.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

¡Yo también fui roquero!

Me pasó la otra vez que estaba tomando unos whiskies con un amigo en el clubjáus del Hurlingham Club, cuando el susodicho me sale con que había invertido algo de dinero en una fábrica de ropa de esas que apuntan al público teenager.  Cuando yo le pregunto por qué no me consultó previamente, dado que algún conocimiento tengo sobre el negocio de la indumentaria, mi contertulio me sale con un irrespetuoso "¡pero Arturo, Ud. no entiende los gustos de la purretada!". Obviamente, mi buen colega ignoraba que de esas cosas de la juventud yo también entiendo, porque alguna vez fui roquero. Si señor, ahora paso a explicar.

Corría el verano del '65. Pleno furor de la beatlemanía. Las minas se volvían locas y se desgañitaban gritando por cualquier melenudo que pasara cerca, y yo andaba seco como lengua de gato, porque ese año la cosecha de manzana en el Alto Valle había sido un desastre. Estábamos tomando un vermú en Pepino con los muchachos de la barra, hablando del fenómeno beat que asolaba nuestras pampas, cuando derepente se me prendió la lamparita: para salir de la mala tenía que dedicarme a la música.

Juro que nunca más usaré esas camisas

El plan era el siguiente: como por ese entonces era utópico pensar que los auténticos Beatles vinieran a estos recónditos pagos, teníamos que armar un grupo extranjero para salir por los clubes y carnavales, y así saciar la avidez del público femenino por los ritmos foráneos. Inventar un conjunto norteamericano era riesgoso, porque las comunicaciones con el país del norte eran un poco más fluidas y alguien se podía dar cuenta de la transfugueada. Así que se me ocurrió hacerlo sueco, total nadie iba a viajar a Estocolmo para deschavarnos. Lo convencí al Tano Pasaglia, que era rubio, para que haga de cantante. Para el bajo y la batería me conseguí a dos remeros del Club Escandinavo, que daban bien el target. Y yo me puse una peluca, me dejé el bigote y agarré la guitarra. Ese fue el nacimiento de "The Con's Combo".

En River con Aníbal Troilo. Roger Waters nunca logrará igualarnos.
Durante un par de años el negocio salió mejor de lo que pensábamos. Aparecimos en televisión (¡hasta en "Sábados Circulares"!). Hicimos varias temporadas en un night club de Punta del Este y aprovechamos full full los bailes de carnaval. Una vez llegamos a tocar en la cancha de River con Aníbal Troilo, en el que fuera uno de los momentos icónicos de la música autóctona, inaugurando un crossover tango-beat, muy adelantado al tango electrónico que ahora hace furor en los boliches de Ibiza. Después de agotar el yeite hasta donde dio, satisfacer nuestra demanda insatisfecha de excesos en Mau Mau y juntar tarasca suficiente para saldar las deudas con el quinielero, comprar un par de departamentos en Barrio Norte y cuatro Rambler Ambassador, cada uno volvió a lo suyo. Sin dudas, dejamos una marca en la historia de la música rock de estas latitudes. Incluso mucha gente sigue pensando que éramos suecos y se tejieron diversas historias sobre por qué el conjunto desapareció de la noche a la mañana.

¿Y a qué viene toda esta historia? A qué, como les decía, algo de rocanrol entiendo, y por ende puedo tirar alguna recomendación para que se empilche la juventud de nuestros días. ¿O se creen que ando todo el tiempo de traje y corbata?

Una buena combinación, inspirada en los precursores de la década del '50, es darse un aire rebelde recurriendo a la campera de cuero tipo bomber y a las botas de caña media. ¡No hace falta tener una Harley Davidson, ni atronar los tímpanos de los vecinos con el poder de la Fender Telecaster, para acompañar las botas y la campera con una camisa a cuadros, unos jeans gastados y unos lentes oscuros tipo Wayfarer!

Juro que una vez comimos un asado con Elvis, y estaba empilchado así.

A este muchacho, con la guitarrita y esta pilcha tampoco le fue tan mal.

Incluso, para los pebetes que andan por debajo de los treinta pirulos, es moralmente aceptable que reemplacen las botas por unas zapatillas de esas que hizo famosas Chuck Taylor. La clave para poder ser un potencial rocanrolero sin caer en la desagradable estética marginal tan en boga por estos tiempos, es mantener siempre la pilcha limpia, el pelo corto y la barba bien recortada.

A este otro, en cambio, le auguro un mayor éxito con las féminas.
Este joven entendió el concepto, pero se le fue la mano.

Bueno muchachos, espero que les hayan servido los consejos y las señoritas caigan a vuestros pies. Cualquier cosa, recuerden que su pregunta no molesta, y que mi excelente feeling con las nuevas generaciones viene de que el Dr. Arturo Merengue también fue roquero alguna vez. Por el momento los dejo, dado que tengo que concurrir a una cata de aceitunas rellenas con morrón.

jueves, 20 de octubre de 2011

El triángulo de las bermudas

Existe cierto misterio alrededor de las bermudas. Y no me refiero precisamente a esas pintorescas islas caribeñas donde los gringos concurren a dorarse como camarones al sol, empinar el codo, jugar golf y realizar otros menesteres vacacionales, famosas también porque en sus adyacencias las embarcaciones, aeronaves, sulkys y otros medios de transporte suelen desmaterializarse sin explicación alguna.

Sin embargo, así como nadie sabe a ciencia cierta qué catzo pasa en esos lares en los cuales aparentemente perderse sin dejar rastro es más fácil aún que en Parque Chas, algo similar sucede con sus homónimas del mundo de la pilcha, que muy pocos saben llevar con gracia y masculina dignidad. Acalorados debates se han producido en torno al largo que deben tener, la tela con que conviene confeccionarlas, si es preciso que sean pinzadas y otros tópicos que dividen aguas tanto entre los entendidos como entre las gentes del pueblo. Sin ir más lejos, la muchachada del bar El Faro la otra noche se quedó discutiendo hasta altas horas de la madrugada -y la cosa casi se va de las manos con golpes de puño e invitaciones a batirse a duelo con pistola y sin padrinos- respecto de si es correcto o no vestir esos modelos llenos de bolsillos y que llegan bastante por debajo de la rodilla.

Como hombre de paz y modesto conocedor de estas cuestiones de la fashion masculina, quisiera en esta ocasión expresar algunas opiniones que, creo, contribuirán a zanjar estos peliagudos entreveros que desvelan a la humanidad en su conjunto y amenazan con alterar la paz bucólica de nuestras pampas.

En primer lugar, hay que dejar sentado que la bermuda es una prenda que tiene una ubicuidad temporal y un contexto propio en el cual se debe utilizar. Su uso debiera estar restringido a los días de calor sofocante y a momentos de sosiego. Se trata de un elemento propio de contextos informales, que claramente no es apta para el trabajo ni eventos sociales. Lo ideal es calzárselas para ir a tomar un vermú a la tardecita, o degustar una picada con amigos.

En materia de diseño, si bien por tratarse de una prenda informal hay un poco más de espacio para apuestas algo más jugadas en lo que hace a colores y estampados, el buen vestir marca que conviene ceñirse a cortes tradicionales, preferentemente rectos y no muy holgados -en particular cuando se es dueño de gambas delgadas-, y alejarse del exceso de bolsillos, cierres, costuras y otros adornos cuyo uso debería ser inmediatamente abandonado una vez cumplida la mayoría de edad.

El largo es una cuestión clave y no siempre comprendida. Es imperativo no caer en el corto excesivo típico de los shorts deportivos de la década del '70 -propio del Matador Kempes, pero no de un ser humano que pretende pasar una tarde de verano sin caer en el ridículo-, ni en el otro extremo que pasa largamente por debajo de la rodilla y es muy popular entre los delincuentes juveniles y los grandulones inmaduros que pasean en patineta por las calles de Palermo Bronx. Un ser humano sensato y ubicado opta siempre siempre siempre por la bermuda apenas arriba de la rodilla, y esa regla no admite ningún tipo de excepción.

Como mencioné anteriormente, hay mayor margen para el libre albedrío en lo que hace a colores y estampados. Lo típico es la bermuga beige, blanca o azul; pero colores como el naranja, el verde claro, el celeste y hasta el lila de seguro harán roncha en el bar del Rowing Club, e incluso he tenido noticia de que en algunos ámbitos muy distinguidos se abren paso con mucha fuerza las combinaciones con rayas o cuadros, siempre con la lógica moderación que caracteriza a mis lectores. Una bermuda de lino verde claro con botamanga, en combineta con zapatos naúticos y chomba en color manteca, puede fácilmente convertirse en un highlight de los atardeceres en el Delta.

Para cerrar, termino con algunas recomendaciones. En primer lugar, no ceder a los delirios de ciertos modistos lunáticos que quieren hacernos creer que se puede usar pantalón corto con saco y zapatos de vestir. Por otra parte, tener cuidado con el calzado -no creerse autorizado por la informalidad veraniega para salir con zapatillas deportivas o chancletas- y jamás -pero jamás de los jamases- cometer el delito de usar bermuda con medias.

Habiendo dilucidado estas complejas cuestiones, creo que el lector se encontrará capacitado para convertirse en un usuario responsable de bermudas, por lo cual puedo retirarme a continuar con la lectura de los clásicos y demás ocupaciones habituales.

Interesante propuesta de Hugo Boss. Hacer abstracción del saco y los zapatos.

Lacoste, en un ejemplo de como ser audaz sin perder el charme y la elegancia.

Polo Ralph Lauren Golf, para transitar los fairways con un toque chic.


domingo, 9 de octubre de 2011

Combatiendo el calor

Los incipientes calores del verano no son precisamente lo que mejor se lleva con mi humanidad. Si a eso sumamos el hecho de público y notorio conocimiento de que, en Buenos Aires, lo que mata es la humedad, me auguro para los próximos meses una combinación fatídica. Por eso es menester, antes de que las temperaturas extremas se traduzcan en copiosa sudoración y la consecuente sputza que aleja de mi a todo ser con un mínimo de sensibilidad olfativa, encontrar la forma de mitigar los desgraciados efectos de la météo.

La forma más obvia, desde luego, es equipar el bulín con unos poderosos Carrier y no salir de allí hasta que el día vuelva a estar apto para andar de sobretodo. Pero los que tenemos compromisos sociales y/o laborales que nos obligan a yirar por los cien barrios porteños, debemos buscar algún solaz momentáneo para protegernos de la inclemente meteorología de estas latitudes. Una buena opción es, sin lugar a dudas, hacer una pit stop para degustar un sabroso helado, programa también apto para agasajar de forma casual y divertida a alguna señorita en una noche de verano.

Si bien es poco lo que queda de las más tradicionales heladerías de Buenos Aires (El Vesubio de la Av. Corrientes se caracteriza por su pésima atención, y la entrañable Scannapieco de la Av. Córdoba cerró hace algún tiempo), acá les paso mi podio personal de aquellos lugares donde aún puede degustarse un buen cucurucho sin caer en esas cadenas fashionmarketineras que conoce todo el mundo.

Medalla de oro: Diecci Helados

En el humilde criterio de este servidor, no existe en esta ciudad lugar mejor para saborear un helado en buena compañía que Diecci, en Villa Devoto. Lo que garpa aquí, además del producto en si mismo, es el entorno: un tranquilo boulevard en un barrio residencial, una pérgola ideal para sentarse a tomar la fresca, y un ambiente con evidentes reminiscencias noventistas, mezcla de calidez y retrofuturismo. Lógicamente, no lo recomendaría si adentro del cucurucho pusieran una porquería industrializada llena de saborizantes artificiales. Todos los sabores se destacan por su cremosidad y consistencia, y el paladar agradece la materia prima natural. En mi opinión, el must es la "frutilla a la reina", con una fresca y delicada combinación de frutilla, crema y merengue.

Dónde: Chivilcoy 3405 (esq. Navarro), Villa Devoto.

Medalla de plata: Adaggio

Aunque tiene una simpática terracita, el fuerte de Adaggio no es seguramente el ambiente. No es que sea fulero, pero no tiene nada en particular que lo destaque por sobre cualquier café contemporáneo de esos que se multiplican por toda la ciudad. Boliche más en la onda heladería/cafetería/restaurant que curten las más importantes cadenas del ramo últimamente, cumple en casi todas las categorías, aunque la estrella es, de lejos, su razonable variedad de gélidas cremas. Productos naturales y bien consistentes, tirando a pesadones, no aptos para espíritus flojos que no pasan del helado de limón. Lo que si o si hay que probar acá es la crema de avellanas, que viene munida de grandes trozos de chocolate semiamargo. En invierno ofrecen otro highlight, que es el "gelato caldo": un chocolate espeso y bien caliente producto de derretir helado con la vaporiera de la máquina espresso.

Dónde: Av. Olazábal 5598 (esq. Ceretti), Villa Urquiza. Hace poco abrieron sucursal en Roque Pérez 3897, Saavedra.

Medalla de bronce: La Flor de Almagro

Acá no hay ni glorieta, ni café, ni nada que pueda resultar atractivo para aparecer con una fémina del brazo, a menos que la estrategia de seducción pase por irlas de genuino reo de arrabal. Se trata de uno de los últimos reductos heladeriles que no ha sucumbido a la tentación de la modernidad, ni incorporado productos esotéricos como bombones o ensaladas de rúcula. La onda es hacer el pedido en el mostrador y, con suerte, encontrar una mesita o espacio en el banco de la vereda. Quizá no sea el mejor helado de Buenos Aires, pero la relación precio-calidad es más que destacable, y la experiencia de pedirse un cucurucho de banana split y chocolate en un lugar que recuerda los históricos locales que ponían los tanos que trajeron el gelato a nuestros barrios, simplemente no tiene precio.

Dónde: Av. Estado de Israel 4727, Almagro.

Bueno, estimados, espero que las recomendaciones les hayan resultado útiles, y ya estén embuchando un cuarto de dulce de leche y menta granizada. Ci vediamo!